Música, baile y pan

Julián Zamora, el panadero bailador.

Si imagináramos geométricamente alguna figura para representarnos la principal ruta turística del estado de Colima, trazaríamos una línea recta que correría desde las playas hasta las faldas del volcán de fuego; a pesar de que nuestra capital no se encuentra ubicada en distancias equidistantes de ambos lugares, puede ser considerada como el punto medio que divide a la imaginaria en dos segmentos, los cuales convendría llamarlos ‘zona costera’ y ‘zona de montaña’. Cabe hacer la observación que en esta última es donde se encuentra el único ‘pueblo mágico’ que tiene Colima, obviamente que se trata de Comala, que en su tiempo fue reconocido como ‘el pueblo blanco de América’.

Al margen de sus pintorescas fachadas, tejados, calles empedradas, su parroquia, los portales, y la ex hacienda de Nogueras, también debemos tener presente las cocinas rurales de Suchitlán, la Nogalera y Cofradía de Suchitlán, así como el encanto de las lagunas Carrizalillos y Marías, las bondades del clima, vegetación, paisaje, y desde luego las especialidades que caracterizan a estos comunidades: el ponche, el café y el pan. Comala tiene fama por sus panaderías, e indudablemente ha sido cuna de excelentes panaderos, al grado que la historia de la cultura comalteca quedaría incompleta si se omitiera la historia de las panaderías con sus respectivos personajes.

Hablando de panaderos, desde hace aproximadamente 3 años me ha llamado la atención uno de ellos, pero no es un panadero cualquiera, sino que se trata de alguien fuera de lo común, hablo del comalteco Julián Zamora, quien vino al mundo el 23 de marzo de 1964, todo un protagonista cuyo rasgo distintivo es que atinadamente supo combinar la música y el baile para ofertar, de martes a domingo, sus exquisitos productos: los picones, las roscas, y desde luego, los pedos de monja; al respecto explica Julián: “El picón es algo tradicional que se hace en Comala y más este pan que está hecho en horno de adobe, tiene una consistencia y un sabor que le dura hasta ocho días a la intemperie, no le pasa nada, y lo puede disfrutar todo el tiempo”.

Julián Zamora, o también conocido como ‘el panadero bailador’ nos comenta que su profesión es una herencia: “Lo aprendí de mis padres porque desde que estábamos chiquitos nos llevaba a vender pan, íbamos a las panaderías y ahí empezamos a mirar como hacían una cosa y otra, y de ahí aprendimos, de ahí descendemos con ese trabajo”. Julián cursó sus estudios hasta la secundaria, posteriormente, y como muchos de sus coterráneos, salió en busca del sueño norteamericano, estuvo trabajando en San Fernando, California, pero como a veces sucede, una cosa es la ilusión y otra la realidad, así que nuestro amigo decidió volver a Comala porque “parece que esa no era mi vida, y me regresé y empecé ya con lo que sabía; ya tenemos  15 ó 20 años en este trabajo”.

Uno de mis acostumbrados pasatiempos es caminar por el andador Suchitlán-Nuevo San Antonio, en ese tramo es frecuente escuchar la pegajosa tonadita de la canción ‘funky town’, escrita por Steven Greenberg (1979), y cantada por el grupo Lipps Inc, melodía que durante varios años alcanzó los primeros lugares de popularidad en la Unión Norteamericana, y en algunos países europeos como Alemania, Austria, Suiza y Holanda. Así que cuando empiezo a oír “won’t you take me to Funkytown, won’t you take me to Funkytown, won’t you take me to Funkytown”, sé que se acerca ‘el panadero bailador’ en su coche con la cajuela abierta para que resuene la empalagosa melodía y avisarnos a todos los panófilos que a bordo van las roscas, picones y pedos de monja.

La semana pasada, allá en Cofradía de Suchitlán, afuera de las cocinas rurales y casi en la orilla de la carretera platiqué con Julián Zamora, en cuanto me vio se dirigió a sacar su canasto de la cajuela, e inmediatamente le subió al volumen de la mentada canción interpretada por Cynthia Johnson, poniéndose a bailar con el canasto de pan en la cabeza, ocasión que aproveché para preguntarle por qué le había dado en ofrecer el pan combinando la música y el baile, Julián respondió: “ah, funky town, la ciudad del funky, la traigo desde hace mucho, es música ochentera, traigo más música, pero esa es con la que me desenvuelvo en mi trabajo. Inicie esto en el Comalón, una vez entré cuando estaba la música viva ahí, y entré bailando con el canasto, y yo miré que a la gente le llamó más la atención de esa manera, que como lo hacía antes. Tengo  unos siete años que vengo haciendo esto de bailar antes de vender”.

En el mundo de las ventas hay que ser precavidos porque nos enfrentamos a diferentes temperamentos, gustos y personalidades, pero hasta la fecha la estrategia de Julián le ha funcionado de maravilla, nos cuenta que lo reciben “hasta aplaudiéndome, y haciéndome  el que sube y baja, y yo miro que a la gente le agrada, les inyecto un poco de alegría en el momento, y la gente que no quiere comprar, me compra porque les bailé. Como que a la gente le llama mucho la atención esa canción, y dicen ‘volviste a los ochentas’, nos regresaste, nos hiciste un rato agradable”.

En lo personal también soy ochentero y un cliente del panadero Julián Zamora, normalmente cuando lo abordo en la Nogalera, o lo detengo en el Café Azul de Cofradía, acostumbro comprarle la rosca que elabora con “leche Nestlé, leche Nido, vainilla y nuez”, pero platicando con él me recomendó los famosos ‘pedos de monja’, que según narra la historia los inventó un chef italiano radicado en Barcelona, llamándolos “petto di monca” (pecho de monja), pero los catalanes en lugar de pronunciar ‘petto’, decían ‘pedo’ , nombre que por su peculiar origen se presta para la imaginación sarcástica, porque según explica el ‘panadero bailador’, “el pedo de monja es una galletita, que le llaman así porque al apretarla se espolvorea”; así que siguiendo su consejo le compré una bolsa repleta de ‘pedos de monja’, peditos que tienen buena consistencia y proporción,  aunque parezca prosaico repartí algunos ‘pedos de monja’ entre  un par de amigas para que acompañaran su cafecito, y el resto me duraron casi una semana.

Creo que ya es momento oportuno de volver al norte de Comala para buscar a Julián Zamora, un hombre que desempeña su trabajo con pasión, y que elabora “entre setenta u ochenta piezas de pan diarias”, panadero cuyo propósito es “que la gente me apoye cuando vengan pa acá, pa estos rumbos, yo les voy a garantizar que este pan les va a gustar, cien por ciento tradicional y hecho en hornos de adobe”, no estaría mal espolvorearnos unos 2 o 3 peditos de monja sopeándolos en aromática taza de café.