¿Omar García Harfuch puede ser presidente?


Hay momentos en la historia de un país en que una figura emerge no por voluntad propia, sino arrastrada por el peso de los hechos. Omar García Harfuch —secretario de Seguridad y Protección Ciudadana, sobreviviente de 414 impactos de bala, nieto de un general implicado en Tlatelolco e hijo del controvertido político Javier García Paniagua— es esa figura en el México de 2026. La pregunta ya no es si aspira a la presidencia; la pregunta que vale la pena hacerse es si México merece —o está preparado para— lo que esa candidatura implicaría.

EL ASCENSO DE UN HOMBRE DE RESULTADOS

Los números no mienten, aunque a veces los matices que ocultan resulten más reveladores que los propios dígitos. Bajo la gestión de Harfuch en la Ciudad de México, el homicidio cayó 40 por ciento, según registra The Economist. Ya en el gabinete federal, los homicidios bajaron 18 por ciento en 2025. El 22 de febrero de este año, su operativo culminó con la neutralización de Nemesio Oseguera, el Mencho, líder del Cártel Jalisco Nueva Generación —el mismo grupo que lo intentó matar en 2020 en pleno Paseo de la Reforma. La simetría dramática de ese hecho no escapó a nadie: el hombre que sobrevivió al CJNG terminó por desmantelarlo.

A eso hay que sumar un perfil técnico que lo distingue del morenista promedio: formación con la DEA y el FBI, estudios en Harvard, y una reputación construida ladrillo a ladrillo desde su ingreso a la Policía Federal en 2008. En las encuestas más recientes, García Harfuch concentra entre el 33 y el 41 por ciento de las preferencias al interior de Morena, casi el doble que su más cercano competidor, Marcelo Ebrard. En la población general lidera con 37 por ciento de aprobación. Para un país donde la seguridad es la primera preocupación ciudadana, ese perfil vale oro electoral.

EL FACTOR SHEINBAUM Y LA LÓGICA DE LA CONTINUIDAD

La política mexicana no se entiende sin sus lealtades verticales. García Harfuch es, ante todo, el hombre de Claudia Sheinbaum. Fue ella quien lo nombró jefe policial de la CDMX en 2019 cuando López Obrador lo rechazaba; fue ella quien lo incorporó a su gabinete como secretario de Seguridad en octubre de 2024 pese a las resistencias internas de Morena. Esa cercanía no es irrelevante: en el sistema político mexicano, la bendición del titular del Ejecutivo es un activo de incalculable valor. Si Sheinbaum decide que Harfuch es su carta para 2030 —y todo apunta a que lo es— los mecanismos del partido trabajarán en esa dirección.

Existe, además, una lógica de continuidad que lo favorece. México lleva dos sexenios bajo la Cuarta Transformación y Morena acumula 40.5 por ciento de intención de voto para 2030. Un candidato que no pertenezca al ala más ideológica del partido —los llamados ‘puros’— sino que proyecte eficacia técnica y resultados tangibles podría ampliar el voto más allá de la base dura. Eso es precisamente Harfuch: un morenista atípico que podría seducir a votantes ajenos a la trinchera ideológica.

LAS SOMBRAS QUE NO DESAPARECEN

Sería una negligencia intelectual presentar a García Harfuch como candidato sin fisuras. Las acusaciones —algunas sin probar, otras con evidencia documental— son parte de su equipaje político. La más grave lo ubica en reuniones en Iguala en 2014, donde supuestamente se construyó la ‘verdad histórica’ que encubrió la desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa. Harfuch lo niega tajantemente, asegurando que estaba en Michoacán en ese momento. Sin embargo, la percepción persiste, alimentada por declaraciones de testigos y el análisis de documentos militares. En una campaña presidencial, sus rivales utilizarán ese expediente con precisión quirúrgica.

Hay otros puntos que generan incomodidad. Las desapariciones forzadas registraron un aumento de 444 por ciento en la Ciudad de México entre 2021 y 2024 —período en que Harfuch estaba al mando policial. Los expertos señalan que el crimen organizado aprendió a evadir las estadísticas de homicidio cambiando los cuerpos que se cuentan por los que desaparecen. Es decir, la reducción de homicidios puede ser un éxito real y, a la vez, insuficiente para describir la violencia real que viven los mexicanos. Esa distinción importa y los electores de 2030 exigirán una respuesta.

Y está el problema de la genealogía. Su abuelo fue Marcelino García Barragán, secretario de Defensa que ejecutó la orden de la matanza de Tlatelolco en 1968. Su padre, Javier García Paniagua, fue acusado de participar en la represión y la tortura durante la Guerra Sucia. En una democracia con memoria, el apellido es también un legado incómodo que deberá enfrentar.

EL PRECEDENTE QUE NADIE QUIERE NOMBRAR

Existe una observación incómoda que algunos analistas han comenzado a articular en voz baja: en los regímenes democráticos, los jefes de seguridad con peso político propio son raros… y cuando existen, la historia no siempre es tranquilizadora. El analista Eduardo Guerrero lo escribió sin rodeos: los tres grandes jefes de seguridad que se convirtieron en jefes de Estado en las últimas décadas —Putin, Chávez y el Sisi— marcaron rupturas en sus países y pueden calificarse, sin mayores reservas, como dictadores. La analogía no implica un destino; implica una advertencia. México, sin embargo, no es Rusia ni Venezuela ni Egipto. Tiene instituciones —frágiles, pero existentes

WASHINGTON COMO FACTOR: VENTAJA Y TRAMPA

Pocos funcionarios mexicanos han logrado lo que García Harfuch logró con la administración Trump: obtener reconocimiento público del secretario de Estado Marco Rubio, quien declaró que México está haciendo más en seguridad que nunca en su historia. El New York Times le dedicó un perfil donde proyecta imagen de funcionario impecable y eficaz. Ese capital internacional tiene un valor innegable en un sexenio marcado por las tensiones con Washington.

Pero la misma relación que lo fortalece puede convertirse en su talón de Aquiles. En una sociedad donde el nacionalismo es un activo político de primer orden, ser percibido como el candidato favorito de Washington es también un riesgo. Trump y su retórica de intervención militar en México —nunca del todo descartada— pueden transformar a Harfuch, en la mente de muchos electores, de héroe nacional en operador de intereses extranjeros. Navegar ese dilema requerirá de una habilidad política que, hasta ahora, Harfuch no ha necesitado demostrar.

VEREDICTO: LA PREGUNTA NO ES SI PUEDE, SINO SI DEBE

¿Puede Omar García Harfuch ser presidente de México? Las encuestas dicen que sí. La lógica política dice que sí. La caridad de Sheinbaum dice que sí. Los resultados operativos dicen que sí. El apoyo de Washington —para bien o para mal— dice que sí.

Pero México tiene la obligación de hacerse preguntas más difíciles. ¿Está dispuesto el electorado a aceptar un candidato cuyo perfil técnico-policial concentra un poder que los sistemas democráticos saludables suelen dividir? ¿Cómo pesa el expediente de Ayotzinapa en una sociedad que todavía llora a sus desaparecidos? ¿Es el apellido García Harfuch un símbolo de redención familiar o un recordatorio de que las élites del poder en México siempre encuentran la forma de reinventarse?

La candidatura de García Harfuch no es el fin del debate sino el principio. Un país que ha vivido décadas de impunidad y violencia merece un candidato que responda preguntas incómodas con la misma valentía con que enfrenta a los cárteles. Si Harfuch está dispuesto a hacerlo —y si México está dispuesto a escuchar las respuestas—, entonces la pregunta de si puede ser presidente se vuelve mucho más interesante que la de si lo será.