Outdoor Adventures


Alex Casarrubias García.-

Toda la tarde del sábado fue motivo de plática con mi padre quien seleccionaba el equipo de pesca que utilizaríamos el domingo.  Fue necesario revisar caja por caja que conforma su equipo de pesca. Integró una caja ligera en la que dejamos lures, curricanes y anzuelos con líder, a fin de estar preparados para los diferentes escenarios de pesca que se nos presentarían. Imposible conciliar el sueño porque al día siguiente, el hijo menor de mi hermano Pedro Manuel así como el hijo de su compadre se iniciarían en el apasionante deporte de la pesca.

Con sumo cuidado mi padre seleccionó dos cañas para trolear (así se conoce a la práctica en la que se dejan las líneas y la lancha en su desplazamiento hace que los señuelos trabajen y entonces pican los peces) y otras dos ligeras para castear (lanzar el señuelo utilizando una caña y carrete ligero) con sus irremplazables carretes Penn, que tanto utilizamos en nuestra familia.

Pedro fue el primero en levantarse. Serían las 4:30 cuando me integré con mi hermano que ya tomaba café. La casa de mis padres en mi bello Colima, tan llena de recuerdos y más el estudio o habitación que antes de jubilarse mi padre acondicionó para ser el sitio en el que celosamente guardaría su equipo de pesca y campismo, reconfortarse con la lectura, fumar, tomar café o mirar televisión.

Puntualmente pasamos a las cinco de la mañana por el compadre de mi hermano y por Abel quien es su ahijado. Luego de ello, nos dirigimos hacia Manzanillo en donde pasaríamos por Rafael, el menor de los hijos de mi hermano, a quien cariñosamente le digo “Rafiki Patata” (Rafiki, en lengua swahili significa amigo).

Inolvidable amanecer en la playa La Boquita, de Santiago. La foto del recuerdo y abordamos la panga denominada “Preciosa” bajo el timón de Pablo Cárdenas, reconocido prestador de servicios en esa playa. Nos enfilamos hacia mar adentro. A lo lejos fue posible ver un gran barco portacontenedores. A los 20 minutos, eran dos más, igualmente de considerable eslora (largo del buque) y una estiba que denotaba gran cantidad de contenedores, lo que sin duda alguna le otorga a Puerto Manzanillo, el bien ganado reconocimiento de líder nacional en el movimiento de contenedores.

Un grupo de delfines se unió a la panga. Los chamacos estaban felices viendo cómo saltaban por los costados de la pequeña embarcación. Nuestro ensimismamiento se deshizo cuando la “chicharra” del Penn nos alertó el primer strike. Pedro se aprestó a tomar la caña, cuando un segundo pez también picó y fue su compadre quien tomó la otra caña. El primero no se enganchó y el segundo se logró subir, siendo un bonito dorado.

Continuamos y llegamos a un lugar donde había restos de palapas y la expectativa creció. El Penn se activó y fue el turno de Abel Mora, el joven ahijado, quien con la caña de su abuelo (el Ing. Abel Mora, recientemente fallecido) le daba ejemplar pelea a un dorado de prácticamente 10 kilos. Gran emoción cuando logró acercarlo a la lancha y Pablo lo enganchó para subirlo.

Al poco rato, el turno fue para Rafiki y la suerte le regaló un barrilete, con lo que el gusto estaba en que los chamacos se habían iniciado en este apasionante deporte.

A media mañana nos dirigimos por los rumbos Playa de Oro, en las cercanías del aeropuerto y empezamos a costear. Al poco rato, pude apreciar la belleza de cerros que aún conservan la majestuosidad de su flora. Pasamos Playa Majahua y mi padre solicitó que nos dirigíamos hacia Playa Carrizalillo para ver y recordar los lugares en los que hace más de cincuenta años cazó venados. En esta playa, mi hermano, su compadre y su ahijado nadaron y se acercaron hacia una higuera en la que mi padre me compartió alguna de sus múltiples cacerías cuando era un joven de 25 años, aproximadamente.

Rafiki y yo nos dedicamos a lanzar comida a los peces, que tan pronto la vieron se acercaron con mucha familiaridad y eso nos permitió tomarles algunas fotos del recuerdo. Agua bella, llena de peces en un bajo digno de ser explorado con visor y snorkel.

Regresamos a la boquita y los turistas que en ella disfrutaban su fin de semana, miraban el orgullo con que Abel Mora y Rafael cargaban sus trofeos de pesca. Era notorio que la pesca los había enganchado, siendo este un gran motivo para disfrutar la vida. Pasamos a la ramada Marildos, en la que mis hermanos tienen amistad de años con los dueños y empleados.

En la playa disfruté la plática con mi padre, y con ella renové aliento para otros proyectos profesionales y en los que mi maestro compartió derroteros. Charla inolvidable del compañero pidiendo orientación al maestro, aderezada de alegría y nostalgia, por los tiempos idos que atesoro porque en el rio de la vida, las aguas pasan pero solo las estrellas permanecen para indicarnos el verdadero rumbo.

Con esta modesta salida de pesca, concluimos la parafernalia de la ceremonia de iniciación de dos jovencitos en la pesca y por la emoción que mostraron, abrigo la certeza que rendirá frutos para que estos dos aprendices de pescador se aferren a la vida con la práctica de este deporte, además de admirar y respetar las maravillas de nuestra amada naturaleza.

*[email protected] Socio del Club Cinegético del Sector Popular (Puerto Vallarta)