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Alex Casarrubias García.-

Los cóconos

En pláticas con mi padre y maestro de vida, creí que en sus relatos cinegéticos me exageraba la agudeza visual y auditiva del guajolote silvestre (Meleagrisgallopavo), mejor conocido como cócono.

Estando en un magnífico campamento en la Sierra Madre Occidental en el estado de Durango, con mis compañeros de caza de Mazatlán y mi padre, honestamente admito que los cóconos resultaron más astutos de lo que suponía.

Era mi primera cacería de guajolote. Para empezar, las preguntas obligadas a los compañeros expertos en la caza de cóconos, sobre cómo usar la “caja” que simula el llamado de la hembra en celo. Me hicieron un gran número de recomendaciones sobre los llamados, además de que en mi escopeta utilizara un cartucho del 4 en el cañón modificado y otro del 2 en el cañón de “full”.

La caza en la montaña es hermosa. El único inconveniente es la altura, más para los que la vida transcurre a nivel del mar. Las primeras caminatas eran casi en los 2,700 metros. El amigo del rancho que fue mi guía, me tenía paciencia porque caminar 100 metros cerro arriba a esa altitud era muy pesado, sobre todo el primer día.

Llegué a escuchar muchos cóconos responder el llamado, pero no se acercaban. Uno llegó, estimo como a unos 150 metros y en su huida, le pasó volando a otro compañero que cazaba cerro abajo.

En otra cacería, también en Durango, el guía nos ubicó a mi hermano Pedro Manuel y a mí en un lugar cercano a donde días anteriores había localizado el pino de pernocta de algunos cóconos.

Llegamos al lugar como a las 05:30. Hacía tremendo frío. Acordamos que si el cócono entraba de frente o por la derecha, le correspondía a mi hermano y si por la izquierda, disparaba yo.

Con la experiencia de una cacería un año antes, en la que no hubo suerte pero logré que respondieran los cóconos, me tocó usar la caja y poco antes del amanecer empecé con los primeros reclamos.

“Cantaron” dos cóconos. Uno empezó a acercarse y venía por la derecha, así que la suerte le sonreía a mi hermano Pedro Manuel. Entre el frío y la emoción, no cabíamos de gusto cada vez que se escuchaba más cerca. Pedro ya estaba listo y yo me limitaba a dosificar el uso de la caja, que estaba funcionando muy bien.

Calculo que lo tendríamos cuando mucho como a unos 100 metros, ya al sol había salido y dominábamos un campo visual muy bueno para tiro de escopeta. Pronto nuestra emoción se tornó en sorpresa y ésta en coraje, cuando escuchamos un autobús –de esos de ruta de rancherías- que se paró por la brecha que la tendríamos como unos 300 metros y en la quietud de la mañana el operador empezó a sonar el claxon en repetidas ocasiones, además de acelerar el motor.

Con gran frustración hice dos suaves llamados, pero el cócono ya no respondió. Nos quedamos inmóviles en nuestro pequeño baluarte por espacio de unos 30 minutos, hasta que vimos que nuestro guía se acercaba, quien llegó para decirnos que era hora de regresar al campamento. Pedro y yo solamente cruzamos nuestras miradas y sin pronunciar palabra, nuestro pensamiento recordó una gran cantidad de frases de insulto en contra de aquel operador de autobús que nos acabó la caza.

Ya en el campamento, del coraje pasamos a la risa, porque solo a un par de hermanos, principiantes de coconeros, un camionero les había corrido la caza en aquella soledad, en las bellas montañas de la Sierra Madre Occidental en el estado de Durango. Pero así es la caza, sales y no hay seguridad, porque si la hubiera, entonces ya no sería caza y no tendría sentido.

*[email protected] Socio del Club Cinegético Reno (Mazatlán). Socio del Club Cinegético del Sector Popular (Puerto Vallarta).