Personajes del Camino Real


Segunda parte y última

 

Por otra parte y muchas veces con mayores y mejores conocimientos de las diferentes y más intrincadas veredas de la región, estaban los salteadores de caminos, que solían cometer sus atracos en aquellos lugares donde a los viajeros les resultaba muy difícil defenderse. Individuos a los que, cuando las acordadas y otros agentes del orden los lograban atrapar, les aplicaban la más pronta y elemental justicia, colgándolos de las ramas de los más gruesos árboles que bordeaban el camino, para que quedaran allí, expuestos a las zopiloteras y otros animales carroñeros, como advertencia para quienes quisieran seguir dedicándose a tan incómodo y arriesgado oficio.

No menos destacados y a veces más reconocidos que todos ellos, eran los famosos e indispensables “correos del Camino Real”. Hombres arrojados, intrépidos y valientes que se caracterizaban por ser excelentes jinetes y por soportar jornadas dobles cabalgando a toda velocidad. Al grado de que eran capaces de recorrer, por ejemplo, el dificultoso tramo entre Colima y Guadalajara (o viceversa), en sólo dos días con sus noches, cuando el recorrido normal para los arrieros era de cinco jornadas.

Para desempeñar sus singulares tareas los correos contaban con el apoyo del gobierno virreinal y el de las diversas provincias, así como con gentes más o menos adineradas que instalaban postas en diversas partes de los caminos, a donde aquéllos solían llegar a comer rápidamente y a cambiar su cansada montura por otra que estuviera fresca y descansada.

Dichos correos no siempre iban a toda velocidad, sino cuando la urgencia lo requería, y en esos casos reclamaban un pago extra para realizar el servicio que se les solicitara. Habiendo casos en que eran contratados por particulares, y en tales momentos se les decía “mandar un propio”.

Aparte de los correos ordinarios o urgentes, también los arrieros solían llevar y traer noticias y recados, pero los correos no eran, según el referido Urzúa, gente brava o atrabiliaria, sino individuos nobles, de gran corazón, que no eran simples “máquinas postales”, sino individuos que, obligados a “la soledad de su peregrinar”, solían “refugiarse en su interior mundo de recuerdos y fantasías, con los que marcaban cada paso del camino como espirituales mojoneras”, llegando a cada sitio con “las noticias en la boca, con saludos para cada uno, y con encargos para la mayoría”.

Habiendo sido ellos y los multimencionados arrieros quienes, hacia mediados de 1808, empezaron a llevar a Colima y a todos los pueblos y rancherías del Camino Real, los rumores, primero, y las noticias confirmadas, después, de que el emperador francés había ordenado la invasión de España.

LAS PRIMERAS REACCIONES ANTE LA INVASIÓN NAPOLEÓNICA

En el Capítulo 10 ya había dicho que fue en julio de 1808 cuando llegaron a Guadalajara las primeras noticias que hablaban de la destitución del rey Carlos IV y de la reclusión en un palacete de su sucesor, el príncipe, que durante algunos días había reinado con el nombre de Fernando VII. Así que, siguiendo con esa tónica, y ya contando con toda la información que agregué en los cuatro capítulos siguientes, hoy puedo afirmar que fue un máximo de cinco días después cuando las autoridades eclesiásticas y civiles de la Villa de Colima y del pueblo de Almoloyan recibieron también esas decepcionantes noticias. Y digo “decepcionantes” porque cabe recordar que como muchísimos criollos y españoles de aquella época admiraban a Napoleón Bonaparte, lo consideraban un genio para la guerra y un poderoso aliado del rey Carlos, no podían entender los motivos por los que le hubiese  arrebatado éste la corona y se le haya puesto a su hermano José.

Hace como 12 años tuvimos la oportunidad de ingresar a lo que quedaba del Mesón de Platanar, lamentablemente casi todo en ruinas. No sé si finalmente el Ayuntamiento de Tuxpan lo haya restaurado como parecía ser su intención.

Aquella impactante noticia hizo que se trabaran de coraje no sólo los pocos españoles que radicaban en la pequeña Villa de Colima, sino los que habitaban en todas las más grandes ciudades de la Nueva España. Y entre ellos, con muy notoria preminencia, dos de los españoles que mayor poder tenían en aquellos días: el arzobispo de México, don Francisco Javier de Lizana y Beaumont, y el obispo de Guadalajara, don Juan Ruiz de Cabañas, nacidos ambos, por cierto, en pueblos muy cercanos entre sí, y ubicados muy al norte de la Península Ibérica, que fue donde primero lograron instalarse los soldados del ejército invasor.

Y aun cuando no es algo que se pueda probar, hay suficientes indicios para creer que cada uno de ellos, habiéndose enterado de las humillaciones y maltratos a que fueron sometidos sus coterráneos, y  posiblemente hasta sus familiares, tomaron dicha invasión como una ofensa personal, puesto que, en cuanto tuvieron más claro lo que había sucedido, comenzaron a hacer presión en sus respectivos ámbitos, y se aplicaron con esmero para combatir a Napoleón y a “sus secuaces”, lanzando enjundiosas homilías y cartas pastorales mediante las que exhortaban a los clérigos, frailes y monjas bajo su mando, y a los fieles de todas las parroquias, a cooperar por todos los medios que tuvieran a sus alcances, para sostener, sobre todo económicamente, a las juntas de gobierno que se organizaron en “la querida y doliente Madre Patria”, Juntas (o diputaciones regionales) que entre sus propósitos más importantes tenían el de sostener a ejércitos de patriotas que combatieran a los soldados de Napoleón, y a “Pepe Botella” (o José Bonaparte) considerado por ellos como un rey apócrifo, o usurpador.

No contamos, lamentablemente, con ningún documento que nos diga que en Colima sucedió tal o cual cosa en relación con esto que se dice entre julio y agosto de 1808, pero afortunadamente hay, en el Tomo III de la magnífica y muy nutrida colección de documentos de Hernández Dávalos, una especie de reseña episcopal (fechada el 6 de septiembre de ese mismo año, y de la que ya cité una parte en el mencionado Capítulo 10), en la que el propio Juan Ruiz de Cabañas nos dice que, a raíz de que se enteraron de que tropas francesas invadieron el norte de España, dedicándose a profanar templos y honores virginales, a matar a los que se resistían, a robar lo que podían y a tratar como esclavos a sus paisanos, “manchando los lechos conyugales”, “destruyendo nuestra monarquía, trastornando su gobierno y […] extinguiendo la religión y el culto”. Lo primero que se imaginaron fue que “también a estos dominios amagaba el mismo oprobio, y que las escuadras enemigas ya se prepararían rápidamente para venir a sojuzgarnos y reducirnos al último exterminio”. Por lo que las autoridades de Guadalajara y él mismo tomaron la decisión de advertir y mover a todos los habitantes de la Nueva Galicia para evitarlo. Como lo podremos observar en nuestra próxima colaboración.

NOTA. Todos estos datos corresponden al Capítulo 15 de “Mitos, verdades e infundios de la Guerra de Independencia de México”.