¿Quién tiene la razón?: Indira o la oposición


SOCIEDAD DEL CONOCIMIENTO

Los tiempos no cambian; los partidos políticos, mucho menos, y los actores que los encarnan no solo permanecen iguales, sino que devienen en versiones cada vez más deplorables. Por más que Morena pregone una supuesta naturaleza distinta, la tozuda realidad termina siempre por desmentir la retórica. Vivimos atrapados en una época donde cada facción asume sus actos como el pináculo de la racionalidad y, por ende, legitima sus métodos como los únicos certeros. Los daños colaterales no desvelan a nadie; al final, la única verdad incuestionable es que todos operan para beneficiar a sus propios feudos y engrosar las arcas del poder personal.

De uno y otro lado del espectro marchan los dirigentes al frente de sus respectivos ejércitos de partidarios. A menudo salen airosos de la contienda —unos con más botín que otros—, empeñados sin tregua en expandir sus dominios imperiales para recaudar fondos con un insaciable fin patrimonial, muy distante del bienestar colectivo. Todo ello ocurre a plena luz del día, aun cuando más de uno termine exhibido en redes sociales por mendigar aportaciones para sus ambiciones gubernamentales, mientras que otros persiguen la paradoja de competir solo para acumular una derrota más en su expediente.

En este cínico escenario, cuando las maniobras tácticas estallan en las manos o la contienda toma un cariz desfavorable, la clase política nunca adolece de explicaciones deslumbrantes. Unos se escudan eternamente en el villano favorito: la oposición o el pasado; otros achacan los males a la patente ineptitud del gobernante en turno. Sin embargo, resulta desoladoramente descarado ver cómo, desde ambos flancos, terminan atribuyéndole la culpa a la providencia: «Así lo quiso Dios», «Así estaba escrito». Qué conveniente desfachatez para evadir el peso del deber y la responsabilidad pública.

El pasado 16 de septiembre, la entidad atestiguó dos actos significativos: uno encabezado por el Gobierno del Estado con respaldo federal y otro de cuño estrictamente local. La ceremonia del Grito de Independencia resultó, en términos generales, un acontecimiento impecable. Salvo por el tropezón del secretario del Ayuntamiento de Colima, a quien pareció dificultársele la lectura del documento protocolario, el resto de la jornada fue digno de aplauso. El ceremonial arrancó puntualmente a las nueve y media de la noche para dar paso, a las diez en punto, al deslumbrante espectáculo de pirotecnia y la quema del tradicional castillo.

Por cuarto año consecutivo, la gobernadora Indira Vizcaíno Silva acertó tanto en la logística como en el espíritu de la festividad. El Jardín Libertad y sus alrededores lucían pletóricos de familias, niños y adultos mayores en un ambiente festivo donde el alcohol —protagonista indeseable en épocas pasadas— brilló por su ausencia. Con un despliegue impecable de seguridad y protección civil, la plaza lució en su máximo esplendor en el momento cumbre. La mandataria estatal destacó no solo por la idoneidad de su vestuario, sino por una narrativa de matices nacionalistas bien pegada a la realidad, despojada de los excesos triunfalistas que solían caracterizar los eventos de las administraciones de Morena.

 

La oferta cultural alcanzó un nivel superlativo con la presentación estelar de la cantante internacional Eugenia León. Aunque el concierto inició con una ligera demora de media hora tras la pirotecnia, la calidad artística pagó con creces la espera. La gala fluyó sin las molestas interrupciones ni el lucimiento vanidoso de funcionarios que acostumbra el Ayuntamiento de Colima en esta clase de foros; el público que disfrutó del recital se retiró visiblemente satisfecho. Al día siguiente, el desfile conmemorativo del inicio de la Independencia —de corte marcadamente militar— mantuvo la misma tónica de excelencia: una marcha bien coordinada de poco más de una hora que congregó a un nutrido contingente de soldados, marinos, elementos de la Guardia Nacional y corporaciones de seguridad civil, la cual inició con rigurosa puntualidad a las nueve de la mañana.

Cabe abrir un paréntesis para la reflexión. El despliegue de las Fuerzas Armadas, la Marina, la Guardia Nacional y las distintas corporaciones policiales no solo fue una demostración de disciplina y presencia, sino también un despliegue táctico de inteligencia y poder de fuego frente al crimen organizado. La exhibición envió un mensaje contundente a la sociedad —y muy especialmente a la juventud—: la narrativa con la que el crimen organizado seduce a las nuevas generaciones es una falacia; las instituciones del Estado poseen un rigor y una fortaleza superiores.

Sin embargo, frente a tal despliegue de fuerza, emerge la inevitable interrogante entre la ciudadanía colimense: ¿por qué, si se dispone de la fuerza operativa, el armamento estratégico, el equipamiento y la tecnología de punta, la inseguridad sigue flagelando a la entidad? Queda claro que la falla no radica en la falta de capacidad o voluntad de los efectivos en campo, sino en el terreno de los compromisos oscuros y la corrupción; una percepción amarga que resonó con fuerza en las interacciones de diversos cibernautas.

La semana dejó además tres hechos de alto relieve político. El primero —relacionado con las nuevas instalaciones de la UdeC— lo analizaremos mañana, pero no se puede soslayar un merecido reconocimiento a la gobernadora Indira Vizcaíno por amarrar un acuerdo de alto impacto para la entidad: lograr que la Aduana de Manzanillo destine 200 millones de pesos anuales para infraestructura local. Hay que anotarle un punto a favor a la mandataria por su proactividad, pues en lugar de cruzarse de brazos a esperar la burocracia de las transferencias por ley, utilizó sus canales institucionales para concretar un beneficio tangible para Colima.

El segundo hecho expone una lamentable actuación por parte del sindicato de limpieza del Ayuntamiento de Colima. Resulta inadmisible que un gremio beneficiado con conquistas laborales desmedidas castigue a la población suspendiendo un servicio primordial. Si bien es cierto que las arcas municipales —al igual que en el resto del país— dependen del flujo de participaciones estatales y federales para operar, la protesta por la falta de pagos pudo canalizarse paralizando áreas administrativas sin tomar como rehén la salubridad de la capital. Olvidan estos trabajadores que son los impuestos de la ciudadanía los que financian sus elevados salarios y sus prerrogativas; faltó ética, civismo y responsabilidad gubernamental.

Para despedirme, una sugerencia de cara al futuro: ojalá que para el quinto desfile que le corresponderá coordinar a la mandataria estatal, se considere ampliar el recorrido hasta la Calzada Galván. Por segundo año consecutivo, la ciudadanía colimense ha volcado su entusiasmo a las calles para atestiguar esta marcha institucional, y las vialidades actuales resultan ya insuficientes para albergar a la masa de familias que busca presenciar el paso de los contingentes. Nos vemos en otra entrega.