Reflexiones Económicas


AMIGO, PROFESOR, ESCRITOR, PERIODISTA

Felipe Pimentel Pérez

Una mañana del año 2016 le llamé por teléfono a su casa; le dije que, en ese momento, en un periódico leía la convocatoria para que individuos o asociaciones propusieran a personas mayores de 65 años de edad destacadas por sus obras o servicios a favor de la comunidad colimense; le solicité su autorización para proponerlo a él como candidato a ese reconocimiento; de antemano sabía que no le interesaban ni le agradaban los ruidos de la parafernalia de los actos públicos, menos aun si se trataba de ceremonias para elogiar méritos infundados, artificiales; le expliqué que, en mi modesta opinión, él es un gran escritor y periodista de Colima; me contestó: “Haz lo que quieras, si así lo decides, proponme”; trabajé algunos días revisando su trayectoria de trabajo magisterial, su quehacer como escritor de libros y periodista; realmente su obra es enorme, importante, por la seriedad, cordialidad y diversidad de contenidos temáticos; también su visión, su fino sentido del humor, su aguda ironía al tratar los difíciles asuntos cotidianos; él produjo más de 50 años de ideas, apuntes, escritos, crónicas, libros, integrando un gran acervo difícil de igualar y superar.

Pasaron los días, lo propuse y esperamos el desenlace; a las pocas semanas, el Instituto Para la Atención de los Adultos en Plenitud notificó al Congreso que él sería uno de los galardonados. Por la contundencia de su trabajo, de su obra, se cumplió la premisa de otorgar honor a quien honor merece. Fue gran gusto ver al profesor Salvador Olvera Cruz el día en que el Congreso estatal lo reconoció como lo que ya sabíamos que era: Una persona valiosa, constructiva, trabajadora, con amplio espíritu de servicio a su comunidad.

Hace días, al notar la ausencia de sus escritos en este periódico, por teléfono me comuniqué con su hija, la profesora María Isabel, su hija amorosa quien con voz quebrada me explicó que lo habían hospitalizado; todavía el sábado primero de julio hubo alguna esperanza de mejoría en su salud; antier, martes 4 de julio del año 2017, falleció el profesor Salvador Olvera Cruz; ahí quedarán fijos los desayunos y pláticas que tuvimos, los encuentros y desencuentros de opinión, en los que siempre me enseñó el equilibrio en el diálogo, la prudencia, la inteligente humildad, la madurez mental, el respeto al pensamiento ajeno; buen trabajo tendrán sus familiares para revisar sus escritos y seleccionar la información valiosa, principalmente, las propuestas al mejoramiento de la educación pública, tema que le apasionó; esa información permitirá conformar libros, póstumos, producto de su autoría.

A lo largo de la vida aprendemos a identificar a los intelectuales auténticos de los farsantes; de los primeros vale la pena leerlos y escribir; de los segundos no hay tinta ni tiempo que gastar; por eso, seguramente, más personas escribirán sobre la obra de Salvador Olvera, quien se distinguió como periodista, escritor ajeno y contrario a cualquier pose de “vaca sagrada” o de “intelectual iluminado”; recordemos que las vasijas huecas son las más ruidosas; la escritura que vale la pena por su propio peso se transmite de generación en generación, no necesita de publicidad ni de libros biográficos caros que van a parar al kilo de papel o estantes empolvados.

Salvador Olvera, al partir al viaje que todos realizaremos, se fue dejando en el tintero pendientes; hace semanas todavía me comentaba sobre apuntes, libros y revisiones de textos que traía en mente realizar; gran parte de su vida la dedicó a la escritura, situación que lo ubica entre las personas que se alejan físicamente pero que no mueren; su obra trasciende y queda como vivo ejemplo a seguir.

Cuando una persona fallece, es como un gajo de naranja que ya no estará en el lugar que le corresponde; nunca esa naranja volverá a ser igual; la vida de cada persona es insustituible, irrepetible; hay quienes se marchan con la satisfacción del deber cumplido, así se fue Salvador Olvera Cruz, quien supo ser amigo, profesor, escritor, periodista, padre amoroso; una de sus nietas, que no tengo el gusto de conocer, de nombre Irlanda, me contestó el teléfono para decirme el nombre de la funeraria en que lo velarían; desde aquí le digo a esa señorita que esté segura y orgullosa de que tuvo un gran abuelo, que con su ejemplo, cada vez más vivo, seguramente continuará orientándola y apoyándola.

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