Hubo un tiempo —no tan lejano— en que viajar por carretera implicaba una escena inevitable: al final del trayecto, el parabrisas y el cofre del vehículo quedaban cubiertos de insectos: Moscas, escarabajos, mariposas, abejas.
Era molesto, sí, pero también era una evidencia silenciosa de que la vida estaba ahí, en movimiento, cumpliendo su función.
Hoy, ese rastro prácticamente ha desaparecido.
El coche llega limpio. Y esa limpieza no es progreso: es un síntoma de muerte.
La casi total ausencia de insectos en carretera es uno de los indicadores empíricos más claros del colapso de las poblaciones de polinizadores. No se trata de nostalgia ni de una percepción subjetiva.
Diversos estudios científicos han documentado una disminución drástica de insectos voladores en las últimas dos décadas.
En México, y particularmente en regiones agrícolas intensivas como la zona costera de Colima, el fenómeno es visible sin necesidad de estadísticas: ya no están.
¿Qué pasó con ellos? La respuesta es incómoda, pero clara. Desde hace más de diez años, la agricultura cambió radicalmente su forma de limpieza y atención a plagas.
Se abandonaron prácticas tradicionales de manejo del suelo y se sustituyeron por el uso masivo de agroquímicos altamente tóxicos.
La maleza, que antes se cortaba con guadaña o herramientas manuales, hoy se elimina con herbicidas de amplio espectro.
El suelo deja de ser un organismo vivo y se convierte en un soporte químico.
Ese cambio tiene consecuencias directas. La “maleza” no es basura: es refugio, alimento y espacio de reproducción para insectos.
Al secarla químicamente, se destruyen microecosistemas completos.
A ello se suma el uso indiscriminado de insecticidas sistémicos que no distinguen entre plagas y polinizadores.
Para una abeja, una mariposa o una avispa, el campo agrícola moderno es un campo minado.
El problema se agrava con la fumigación aérea. Primero con avionetas, hoy con drones.
En los últimos dos o tres años, el uso de drones para aplicar agroquímicos se ha incrementado de manera acelerada, muchas veces sin regulación efectiva ni supervisión ambiental.
Estos dispositivos rocían los químicos a una altura que coincide exactamente con la zona de vuelo de los polinizadores.
El viento dispersa el producto más allá del cultivo. El resultado es letal.
Las abejas mueren en el aire o regresan desorientadas a colmenas que ya no volverán a funcionar.
Mariposas y otros insectos simplemente desaparecen del paisaje.
Por eso ya no chocan contra los autos. Por eso el parabrisas permanece limpio.
Porque el trayecto que antes estaba lleno de vida hoy es un corredor tóxico.
La matanza de polinizadores no es un asunto menor ni exclusivo de apicultores. De ellos depende más del 70% de los cultivos que alimentan a la humanidad.
Sin polinización no hay frutas, no hay semillas, no hay alimentos suficientes.
Su desaparición compromete la biodiversidad, la economía rural y el derecho colectivo a un medio ambiente sano.
El parabrisas limpio debería alarmarnos más que cualquier estadística.
Es una prueba cotidiana de que algo estamos haciendo mal.
La pregunta ya no es dónde están los polinizadores. La pregunta es, si estamos dispuestos a cambiar antes de que el silencio sea definitivo.
abogadoangel84@gmail.com
Si tu parabrisas queda limpio después de un viaje: señal más clara de una tragedia ambiental
