Siempre ligada al mar, la Playita de en medio


Era un barrio muy poco poblado, donde todos se conocían; pero no por nombre, sino por apodo. La principal diversión de los chicos de La Playita era bañarse en el mar, por lo que todos eran consumados nadadores. Esa playa era bastante extensa, de manera que se podían varar barcos grandes, del tipo de los camaroneros.

EL ASTILLERO Y LOS TALLERES MARÍTIMOS DE CORDERA Y GARCÍA MIER

Por eso ahí se ponían astilleros. Antes de que trabajaran por ahí Miguel Jaramillo y el Maestro Rosas, estuvo el Maestro Velázquez, que era el padre de Rosalba Velázquez, quien presta servicio de lanchaje a los barcos. En esa playa se varaban los lanchones que llevaban las mercancías del muellecito al barco, para el alijo.

Por cierto, que Don Alfredo Woodward Téllez tenía una concesión para atracar en La Playita de En Medio, que era conocido como el embarcadero de Woodward. Ahí se podían varar barcos, y gracias a que era de su propiedad, hacerlo no le costaba dinero. Se destruyó tras del ciclón. El último barco que se varó ahí fue el remolcador Escorpión, de madera, el cual quedó medio quemado a poca distancia de la orilla, por lo que los vecinos de ese barrio lo utilizaban para echarse clavados desde arriba.

El puerto era bien reconocido en el comercio de altura desde las primeras décadas del pasado siglo, sin embargo era todavía un puerto chico, donde casi toda la población se concentraba en los alrededores de la calle México. En Manzanillo casi cualquier lugar quedaba, cuando muy retirado, a quinientos metros de distancia.

La Playita de En Medio empezaba, por el frente de mar, con el Taller de Don Manuel Cordera, luego seguía con el de Carlos García Mier, posteriormente el astillero, luego el Club Náutico, y de ahí continuaba la pedreguera, donde se llegó a desguazar algún guardacostas tras el ciclón. Luego seguía el morro de San Pedrito, que era como un piloncillo saliendo del agua, donde amarraban al barco un depósito de melaza, que los porteños conocían como el mielero, de nombre Jalisco. Seguía una pequeña playita sin nombre, y de ahí la playa de San Pedrito, que era muy extensa, tanto que casi llegaba hasta Salagua, pasando por Las Colonias (donde actualmente está El Pacífico).

Hoy existe un inmueble subutilizado conocido como Mercado de Pescadores, el cual se construyó pensando en la venta a gran escala de pescados y mariscos frescos, más no se le dotó de los servicios necesarios para funcionar con éxito, y por eso se le considera un elefante blanco.

EL CERRO DE EL CULEBRO

Por donde hoy está el Club de Pesca, había una entrada de agua de mar hacia la laguna de San Pedrito, ya desaparecida, y de ahí el balneario popular muy largo, pues entonces no se puede decir que existiera Las Brisas. El Taller de Cordera era un taller marítimo para reparación de embarcaciones grandes, y su dueño era hermano del Capitán de Altura Rafael Cordera, que en ese tiempo era el Práctico Mayor; de el desciende el afamado economista Rolando Cordera, nacido en Manzanillo. Al decir que en ese lugar se reparaban embarcaciones grandes, para esa época, me refiero a petroleros, barcos cisternas como el Cacalilao, Miguel Hidalgo, Miguel Alemán, Ébano y otros.

Al cerro que mira hacia la playita se le conocía como El Culebro, nombre que ya se ha ido perdiendo, y en él había muy pocas casitas y la mayoría eran de madera de tejamanil. Por entonces, tanto en este barrio, como en todos los de Manzanillo, principalmente en los cerros, casi todas las casas tenían algún pequeño jardincito muy bonito, lleno de árboles frutales: papayos, mangos y guanábanas.

Ahora ya casi no se ven los árboles de coastecomates, pero entonces eran muy abundantes. Daban unas bolas parecidas a los cocos, pero más arredondeadas y pequeñas, que la gente las raspaba, le ponían una esencia y algunas gotas de alcohol y servían como remedio excelente contra la tos. Había también muchos árboles de rosa morada y primaveras.

Durante muchos años la figura del remolcador Escorpión varado en la orilla de la playita de en medio dominó el paisaje.

UN HUARACHITO DE CAGUAMA EN LAS RAMADAS

Cada familia tenía un puerco y salubridad no se metía, además de las gallinas, para comer los huevos, y eran una verdadera plaga pues se comían las plantas de los vecinos. Como eran varias, los domingos se acostumbraba matar una, para comer caldo de gallina. Había culebras de todos tipos, tlacuaches, tejones, mapaches y armadillos, pero la gente no se comía nada de eso, pues preferían los mariscos y pescados. Sólo se comían las iguanas.

Las caguamas eran abundantes, y se comían principalmente la negra y la golfina. Casi las regalaban, y si se iba a donde las estaban destazando, luego te regalaban un huarachito. Se podía ver a los matanceros junto a las enramadas, destazando con las piernas dentro del agua, junto a las piedras. Luego prohibieron comerlas, por matanzas que se hacían de diez a veinte mil ejemplares allá por Playa de Oro, dejando la carne putrefacta abandonada, que ni la tiraban siquiera al mar; de ahí salían camiones de doble rodada cargados con pieles.

REGRESO A UN CERRO SIN CASAS

Tras el ciclón de 1959, los vecinos ya no tenían casa y empezó la reconstrucción. En la parte de abajo los daños fueron menores que en la parte alta, donde el viento soplaba con más fuerza. Al astillero no le fue tan mal, porque eran puros tejabanes de madera con techumbre de palapa, y estas, por su poca resistencia al viento, tan sólo se despeinaban. El taller de Cordera era de concreto, por lo que no tuvo muchos daños.

En el barrio hubo muertos, y uno fue “La Guabina” Jaramillo, que, al haberse botado un barco ese día, mientras se curaba la madera para tener un buen resultado del calafateo, tuvo que quedarse a bordo para estar achicando, y ahí lo sorprendió el ciclón.

El día del ciclón, el 27 de octubre de 1959, mi padre, José Martínez Campos, estaba a bordo de un barco en el muelle de El Playón, incomunicado de su familia; pero siendo alertado por el telégrafo del barco de la inminente llegada del ciclón, comunicó a través de un recado a mi mamá, Celia Cisneros Amaya, que era un hecho que el ciclón iba a pegar de lleno en Manzanillo con toda su fuerza, con categoría 5.

Inmediatamente ella avisó a su familia en la Playita para que se fuera con ella a su casa, ubicada en el edificio Macchetto; lo cual no hicieron hasta que el más chico, Wenceslao Cisneros Amaya, regresó del cine, ya casi con el meteoro encima. Cuando pasó el ciclón y regresó mi abuelita con sus hijos a su casa en la Playita de En Medio, lo encontraron todo destruido.

UN BARRIO COMPLETAMENTE NUEVO

Tras el ciclón fatídico de 1959, el barrio cambió mucho, empezando porque todas las casas se hicieron de material. Muchas nuevas familias llegaron a poblar el cerro, y en la parte baja se llenó de comercios. Luego se ensanchó la carretera que va por enfrente, la avenida Niños Héroes. Hoy todo es muy diferente.