Cuando hablamos de tecnología, siempre pensamos en la moderna; pero, aunque no lo crea, en mis años mozos también la teníamos. Rudimentaria, pero existía y la disfrutábamos. Durante mi niñez, allá por principios de los setentas -ya llovió-, no contábamos con televisión en mi familia. De hecho, quienes poseían una caja de esas, eran muy pocas familias en cada barrio. Ya a mediados y fines de los setentas las televisiones se empezaron a popularizar, llegando a mi casa una muy grandota -como eran todas las de ese tiempo-, de bulbos. La de mi casa era de la marca Telefunken.
TRES CANALES BLANCO Y NEGRO
Más que grande por la pantalla, era voluminosa por su gigantesca joroba y ancha caja, lo que la hacía bastante estorbosa y pesada. Contaba este aparato con dos perillas: Una para el volumen, que también servía para encender y apagar con un click y otra para escoger las canales, la cual tenía un disco adicional alrededor, que era el sintonizador de la imagen. Recuerdo bien que la perilla para los canales solo llegaba hasta el número 13, y tenía después de los números una letra U, que casi nadie sabía para que era; en mi casa, por lo menos, nunca lo supimos, ni lo necesitamos saber.
Dado que en esos tiempos no había televisión por cable, a las televisiones se les conectaba una simple antena de conejo, y las más sofisticados ponían una antenota aérea, que se instalaba en la azotea. A pesar que esos modernos aparatos del entonces estaban capacitados para trece canales, solamente podíamos ver tres: El 2, el 5 y el 13. Este último, por cierto, era del gobierno. Por cierto que la imagen que se captaba era solamente en blanco y negro, con escalas de grises, desde luego; el color en la tele aún no se conocía.
El canal más popular era el 2, porque ahí pasaban las telenovelas, El Chavo del 8, 24 Horas con Jacobo Zabludovsky, Cepillín, Hoy mismo con Guillermo Ochoa y Lourdes Guerrero y Siempre en Domingo con Raúl Velasco. En el canal 5 estaban las caricaturas. Recuerdo muy bien que yo era fan de Los Picapiedra, Don Gato, Candy y otros dibujos animados. Otros veían las series de Tarzán, El Llanero Solitario, La Mujer Maravilla, La Mujer Biónica, el Hombre Nuclear, Los Duques de Hazzard, B.J. Macjey y otros. En mi caso, era fan de la Mujer Biónica, y quería ser como ella, y siempre intentaba saltar como hacía ese personaje. En el 13 era ver a Jorge Saldaña con diferentes programas todo el sábado, a Pedro Ferriz, al Duende Bubalín, Vuela Papalote, la Canica Azul y los que gustaban de los deportes, a José Ramón Fernández.
CON ANTENA DE CONEJO Y SIN CONTROL REMOTO
Como dije en un principio, la televisión de mi familia era todavía de bulbos. Quizá me tocó la colita de esa tecnología, pero sí la alcancé a vivir. Así que me tocó ser parte de estar mirando la televisión, y ver que esas bombillas se fundían y la tele se apagaba. Ese bulbo tenía entonces que ser reemplazado. De todas maneras, esa tele nos duró muy poco, ya que en esa temporada Manzanillo estaba plagado de ratas (de cuatro patas), y como una de ellas se le metió a la tele y ahí se murió, mi televisión se descompuso. Así que, ya a principios de los ochentas tuvimos una tele moderna. Eso de moderna, es un decir, porque ya era otra tecnología que no era de bulbos. Pero, las perillas eran iguales.
Una de las incomodidades que en ese tiempo se tenían, era que no existían los controles remotos, así que, para cambiarle a la televisión se tenía que parar el televidente de su sillón a hacer esa función. Ah, pero eso no era todo, pues otra de las molestias era sintonizar la imagen, tanto en su recepción, como en su color. Aunque seguía siendo blanco y negro, buscábamos la mejor nitidez.
Para agarrar una mejor señal, se la pasaba uno moviendo la antenita de conejo, abriéndola más o cerrándola, sacándole más punta y hasta girándola. Y era peor si la antena estaba en la azotea. Se ponía uno abajo en la calle, como mediador entre el que estaba en la azotea y los que estaban dentro de la casa viendo la tele. Y eran unos tremendos gritos de: “Muévele más”; y el de la azotea preguntaba: “¿Ahí?”; y los de abajo contestaban: “Otro tantito”. Hasta que la imagen quedaba al gusto general, que nunca era una imagen perfecta. Lo más chistoso era que cuando esas personas dejaban de manipular la antena, la tele se volvía a ver igual de fea, ya que el contacto humano mejoraba la señal. Entonces se volvía a empezar la ardua tarea.

La grabadora conquistó a los jóvenes en los años 80.
UN MUEBLE DE LA CASA QUE YA NO EXISTE
Para la música, había unos artefactos enormes llamados consolas. Eran unas cajotas rectangulares muy bonitas, de madera, elaboradas artesanalmente, con cuatro patas. Dentro de ellas había un tocadiscos, tanto para Long Plays como sencillos, traducido en otras palabras, para discos grandes y chicos. El tocadisco estaba del lado izquierdo y del lado derecho había un espacio reservado para guardar las carpetas de los discos, que tenían sus respectivas carátulas muy bonitas, con fotos de paisajes, pinturas o fotos del artista.
Los discos se guardaban dentro de una bolsita de plástico dentro de la tal carpeta de cartón para que no se fueran a rayar. Para tocarlos (escucharlos) bastaba con introducirlos por la parte de en medio a un poste central en el área del tocadiscos, y a un lado había un bracito con una aguja y uno manualmente la colocaba sobre el disco, que tenía unos minúsculos surcos por donde iba pasando la aguja mientras la base donde estaba el disco giraba, emitiendo las canciones. La calidad del sonido no era óptima, porque tenía mucha estática, y pobres de nosotros cuando se rayaba un plato musical de aquellos; porque, de donde se hacía la rayadura, la aguja no avanzaba, repitiendo una y otra vez la misma parte de la canción, hasta que uno se tenía que parar y manualmente sacar la aguja del atoradero.
Los discos más comunes de la época eran los de Ray Conniff, Cri-Cri, Cuentos con María Antonia de las Nieves (antes que fuera la Chilindrina), uno de tangos, Corridos de la Revolución y de Caballos con Antonio Aguilar, las Hermanitas Núñez, los del Festival Oti, los Panchos, Juguemos a Cantar y Los Éxitos de Siempre en Domingo.
DE LOS DISCOS A LOS CASSETTES
Los tales discos fueron en los setentas y hasta principios de los ochentas; porque después surgió el cassette. Eran unos minúsculos cuadritos de plástico, con una cinta oscura dentro que daba vueltas alrededor de dos rollos; uno se iba vaciando y otro se iba llenando. Para esto, empezaron a surgir aparatos combinados de música, llamados estéreos, que traían tocadiscos y también su sección para escuchar cassettes. Que, por cierto, una de las virtudes de esos artefactos musicales era que, así como existían cassettes de música grabada, también había en blanco, para grabar. Muchos porteños pasaban la música de los discotes a cassettes, previendo el cambio inminente de tecnología. Otros, grababan las canciones del radio a cassette también. Con el paso de los años, el tocadiscos desapareció para siempre, quedando solamente los cassettes, por lo que los estéreos ya fueron mucho más pequeños.
Los aparatos para escuchar música en cassette los había en varias tecnologías. Unos, en los que, al acabarse la música por un lado, el lado A, automáticamente se volteaba el cassette por el lado B, la cual era conocida como tecnología auto-reversible. Esto era un lujo, porque entonces no tenías para que abrir el cajoncito y darle vuelta físicamente al dispositivo de almacenamiento musical. Otra virtud era que uno podía grabarse cantando acapella o con algún instrumento en una cinta en blanco. La calidad del sonido de un cassette ya fue mucho mejor que la de los discotes; pues ya no se oían con tanta estática como aquellos.

Las televisiones eran enormes, sin control remoto y blanco y negro.
LA ÉPOCA DE LAS GRABADORAS
Junto con los estéreos que estaban estacionados en casa, también llegaron a Manzanillo las grabadoras. Eran estéreos portátiles, los que por cierto, eran muy grandotes, sonaban muy fuerte y tenían muchos foquitos LED, como si fueran naves espaciales. Estas potentes máquinas de sonido eran muy utilizadas por los jóvenes de mi época para sacarlas a la calle y caminar con ellas. Luego las ponían sobre la banqueta en una esquina, causando la admiración y la envidia de muchos. Por lo general, quienes sacaban esas grabadorsotas a la calle ponían música de Michael Jackson, y se ponían a imitar sus pasos.
Algunos de estos aparatos tenían un plus que solamente vi en esa época y no lo he vuelto a ver, que era el radio de onda corta. No todas las grabadoras lo tenían, pero sí muchas de ellas. Por cierto, en esos tiempos, las estaciones de radio eran más comunes escucharlas en AM (Amplitud Modulada) que en FM (Frecuencia Modulada). En esa época los porteños escuchábamos más la CS, La Grande y la XEAL. Por las noches, algunas de esas estaciones se enlazaban con otra de México, donde escuchaban el sorteo de la Lotería Nacional o las peleas de box. También oían de otras partes del país, donde participaban en concursos. Yo fui de las privilegiadas que tuvo una grabadora con radio de onda corta, donde llegué a escuchar estaciones de otros países, de índole evangélico, pero otros porteños oían estaciones cubanas o nicaragüenses, donde alimentaban sus ideas comunistas, y no faltaban los que buscaban estaciones más cultas.
En cuanto a la música local, era muy escuchada la pop en inglés y español, las baladas y la grupera antigua. En el pop en inglés se escuchaba al grupo Abba, los Bee Gees, Olivia Newton John y a Michael Jackson, entre otros. En cuanto a los baladistas en español encontrábamos a José José, Camilo Sesto, Roberto Carlos, Julio Iglesias, Juan Gabriel, Rocío Dúrcal, Angélica María, Lupita D’Alessio y un largo etcétera. En cuanto a los gruperos de aquel tiempo, eran Los Terrícolas, Los Pasteles Verdes, Los Ángeles Negros, Los Yonic’s y Los Caminantes, entre otros. También se oía mucho a Rigo Tovar y su Costa Azul; y un poco más adelante, a Chico Ché y su grupo La Crisis, que se murió Chico Ché y nos dejó la crisis.
Aunque toda esta tecnología que había en mi niñez y adolescencia no he era la más óptima, éramos muy felices. Si a los chavos les sorprenden los artefactos que teníamos, espérense a que les hable de otras tecnologías pioneras de lo que ahora existe, y que me faltan por contarles; lo que haré en la próxima entrega, si Dios me lo permite. Y se vale reír.
¡Ah, qué tiempos aquellos!