Tesoro municipal de Manzanillo, la palmera de coco


Fuimos el primer sitio de América donde este fruto proliferó y hoy casi ha desaparecido

Hace muchos años, Manzanillo era una ciudad que se caracterizaba por la abundancia de palmeras de distintas variedades, sobresaliendo por encima de todas las cocoteras, que nos daba el coco de agua común; pero también había las de los cocos amarillos o la areca de los frutos de oro, que se caracterizaba por dar un néctar muy dulce y exquisito. También teníamos otras tantas palmas que daban los coquitos de aceite y entre las muchas variedades, algunas que eran de ornato.

TIEMPOS DE ABUNDANCIA

Como consecuencia de la abundancia de estos exóticos árboles, los porteños de antaño disfrutábamos de comer coco frecuentemente, así como de tomar su agua directamente de la semilla; porque el coco es una nuez. Y, como un plus, degustábamos también, ya como un complemento gourmet, por decirlo de alguna manera, de las esponjosas manzanas que eran sacadas de los frutos secos.

Todo esto era un ritual hacerlo después que los porteños dejábamos la playa para regresar a casa, o después de comer en alguna ramada ¡Ah, qué tiempos aquellos! Los recuerdo con tanta nostalgia. El coco abundaba tanto en Manzanillo, que a la muchachada, cuando nos decían que ahí venía el coco, salíamos corriendo muy contentos a recibirlo con chile, sal y limón.

Por esa misma proliferación de la semilla en mención, Manzanillo era rico en dulces elaborados artesanalmente con esa nuez. Cocadas había de muchos tipos, igual que alfajor, aceites y la carnita que donde quiera se hallaba, etc., además de adornos elaborados con la misma semilla tallada o con pedazos de tronco o palapas. Hasta escobas de palma había en abundancia, así como banquitos rústicos que se hacían con sus troncos. Hasta muebles de palma se hacían.

GRANDES APORTACIONES A NUESTRA VIDA

Las palmeras también han sido ejemplo de vida, pues se nos llegó a enseñar que los seres humanos deberíamos ser como ellas, que aunque los vientos, inclusive aciclonados, las zangolotean para todos lados, se doblan, pero no se quiebran; solamente Dios las puede destruir a través de los rayos cayendo sobre ellos. También eran refugio de animales, como las iguanas o ardillas, que eso explica que a algunas palmeras nunca se les veían sus cocos. No es que fueran estériles, sino que muchos animales, incluidos estos simpáticos roedores, disfrutaban comer de la semilla cuando esta tiernita, recién brotando.

La palmera de coco, patrimonio municipal, en riesgo de desaparecer.

Debido a las muchas palmeras, casi en todas las casas había una techumbre de palapa, las cuales refrescaban y daban sombra a patios de viviendas, restaurantes y terrazas de hoteles. Incluso las ponían como cubierta para las losas de algunas viviendas, para hacerlas más frescas, al no calentarse por los rayos del Sol.

TOMANDO CARTA DE RESIDENCIA EN MANZANILLO

Y ¿qué decir de la tuba? Que, por la misma abundancia de estos árboles exóticos, flacuchos y despeinados, esta tenía más sabor a coco que a vinagre de manzana, como pasa con las actuales. Hoy, la mezcla de esta bebida se ha vuelto al revés, sabiendo más a vinagre, porque ya no abundan las palmeras. También se disfraza el sabor picándole un montón de fruta, como granada y manzana, y poniéndole el pomposo nombre de tuba compuesta, aparte del cacahuate y/o nuez. O sea, que lleva de todo, menos coco.

No había una sola zona de nuestra ciudad que no tuviera presencia de muchos de estos árboles. Manzanillo fue fundamental para que esta preciosa semilla de la que tanto provecho se puede sacar, entrara no solamente en nuestra ciudad y en nuestro país, sino a todo nuestro continente americano. Y Manzanillo gozó por mucho tiempo de tener la semilla más pura que en el resto de América.

Fue traída por el navegante español Álvaro de Mendaña en 1569 desde las Islas Salomón en Oceanía, cerca, por cierto, de donde ocurrió la erupción volcánica y posterior tsunami el pasado 15 de enero, en Tonga. Los cocos fueron regalados por Mendaña como una muestra de gratitud a las atenciones que los habitantes de Santiago-Salagua de aquellos entonces brindaron a los tripulantes de sus embarcaciones. Posteriormente esos cocos fueron sembrados exitosamente. En los tiempos subsecuentes, se trajeran más palmeras desde Filipinas a través de la Nao de China, que se avituallaban en Manzanillo.

UN PATRIMONIO MUNICIPAL EN RIESGO DE PERDERSE

Hoy las palmeras ya prácticamente quedaron en el olvido en la ciudad que las vio fructificar por primera vez para todo un continente. A la fecha, a ninguna autoridad encargada del campo y del medio ambiente, ya sea municipal o estatal, le ha dado por rescatar la palmera de coco. Es triste que muchas ciudades del Centro del país siembren palmeras en sus camellones o parques, y que no se les den o se emplaguen, como muchas de la Ciudad de México, por no tener el subsuelo adecuado que Manzanillo sí tiene.

Creo que debemos rescatar el coco y protegerlo como patrimonio cultural municipal, y cuando se reforeste, hay que sembrar abundantes palmeras. Qué lástima que las grandes hectáreas donde se cultivaba nuestra preciosa semilla, hoy sean fraccionamientos habitacionales. Eso sí que duele, o debiera doler. Qué tristeza que muchos nuevos porteños no han comido la carnita de coco, mucho menos una manzana de éste. Con trabajos pueden disfrutar de agua de coco, pero ya muy diluida con otros ingredientes, para hacerla rendir, sabiendo que Manzanillo goza del mejor coco de América, refiriéndome al continente entero; no se le esté dando el valor que en verdad tiene, todo por la puritita ignorancia y desconocimiento de nuestra historia.

Muchos agricultores dicen que no quieren sembrar coco, porque se pierde mucho en tiempos de tormentas, ya que fungen como pararrayos naturales; pero algún mecanismo o sistema de protección debe haber para así evitar que estos flacuchos árboles atraigan a los rayos. Solo es cuestión de buscar ingenieros que sepan de estas cuestiones. Además, las palmeras también sirven para proteger a la ciudad, al mismo nivel que los manglares, en caso de ciclones o tsunamis, porque forman barreras naturales que, si no los detienen, por lo menos aminoran en mucho sus devastadores efectos.

Además, el agua de coco también es un excelente suero hidratante, que hasta puede evitar severas deshidrataciones, amén de aportar muchos valores nutricionales. No todo en esta ciudad es sembrar maíz, chiles, limones, mangos y mover contenedores; las palmeras de coco son lo nuestro; lo que debemos de aquilatar, aunque primero hay que ir por su rescate. Hasta turísticamente hablando, quien nos viene a visitar, espera ver palmeras por dondequiera, y hallar un agua de coco casi en cada esquina.

Es una tristeza saber que nuestras palmeras cocoteras están en peligro de extinción en Manzanillo y, aunque no se ha hecho una declaración oficial, los porteños de cierta generación para atrás sabemos que así es. A través de este espacio yo hago un llamado urgente a las autoridades municipales y estatales que correspondan, para ir por el rescate de nuestras palmeras de coco.

Y, si usted tiene espacio en sus patios, no dude en sembrar por lo menos una palmera, que al cabo, no ocupan mucho terreno, pues no son árboles de tronco grueso ni sus raíces son muy extensas, por lo que son ideales para estar en un subsuelo tan húmedo y salino como el nuestro.