Uno de los más grandes luchadores de la edad de oro del deporte de los costalazos
Primera de dos partes
Este sábado 6 de agosto por la mañana falleció a los ochenta y cuatro años de edad uno de los grandes representantes del deporte-espectáculo de la lucha libre profesional, el gran TNT, el Volcán de Colima, el Señor de las víboras, hijo adoptivo y predilecto de Tecomán y el Estado de Colima y vaya este reportaje sobre su vida y carrera como un homenaje póstumo.
De niño no fui muy fanático de la lucha, como sí lo eran mis hermanos. En Guadalajara tenía un pariente lejano que además de luchador, era el principal entrenador de nuestro país, Cuauhtémoc El Diablo Velasco, al que, sin embargo, nunca conocí. Aparte, era sastre, siendo el que confeccionaba los trajes, capas y máscaras de los gladiadores del ring. Por un tiempo, mi tío Wenceslao Cisneros Amaya fue también gladiador enmascarado, con el nombre de batalla de Tamakún. Pero yo siempre preferí el box a la lucha libre. Fue hasta los años noventas que por una temporada me aficioné, pero a la norteamericana, con el boom que significaron a nivel mundial los gladiadores de la desaparecida WWF (World Wrestling Federation), hoy WWE (World Wrestling Entertainment), principalmente Hulk Hogan y André El Gigante. Fue sólo una moda, que se me pasó pronto. Pero de aquellas épocas de mi niñez recuerdo de una forma sobresaliente, destacada, la imagen de un luchador mexicano especial, diferente desde su imagen, que era toda una estrella en nuestro país lo mismo que en el lejano Japón, y ése era TNT. Grande fue mi sorpresa al enterarme de que era colimense, según todas las revistas especializadas en este deporte, y más precisamente, de Tecomán. Supe de varias veces que vino a luchar a Manzanillo, a la legendaria arena de El Crucero, comandada por el famoso promotor El Papas.
UN POTOSINO COLIMENSE
El nombre verdadero de TNT, El Volcán de Colima, era Cecilio José Guadalupe Aguilar Herrera, y aunque su acta de nacimiento y sus papeles dicen que nació en Tecomán, Colima, en realidad vio la primera luz en San Luis Potosí. Vino al mundo el 22 de noviembre de 1937 en la comunidad de El Charquito, Villa de Arriaga, SLP, y en aquella entidad se inició en el deporte de los costalazos en 1952, cuando contaba con 17 años, haciendo pareja con un luchador de nombre El Siberiano, y llamándose entonces Torbellino Negro, empezó a luchar en Jalisco y Colima en 1957, con 21 abriles, siendo este segundo lugar una tierra de la que se enamoró. No tenía técnica alguna, pues jamás había entrenado en forma, por lo que, pasado un tiempo, se desesperó de no progresar en los carteles, y decidió darle prioridad a su profesión de albañil.
UNA NUEVA VIDA EN MANZANILLO
Pero, como siempre tuvo alma de viajero y vagabundo, decidió que se asentaría en un lugar costero, ya que hasta entonces no conocía el mar, y sólo lo había visto en fotografías, y le había encantado. Por alguna razón, escogió venir a buscar oportunidades a Manzanillo, y como no halló obras en construcción donde ofrecer sus servicios, decidió probar suerte como paletero, empleo donde duró sólo unas pocas semanas. Por cierto que también en las calles de Manzanillo trabajó otro distinguido luchador mexicano, zacatecano, miembro junto a TNT de la generación gloriosa de la década de los setentas, Pedro “El Perro” Aguayo; pero éste era panadero. Quizá alguna vez se cruzaron en alguna calle, ofreciendo cada quien sus productos.

El nombre de TNT siempre ocupaba las estelares de las mejores funciones de lucha libre en el país.
NUEVA VIDA EN TECOMÁN
Por fin encontró una obra donde ofreció sus servicios y fue contratado. El patrón, Nacho Hernández, se hizo amigo de él, y cuando la obra se terminó, le dijo que se iba a ir a continuar su trabajo en otra ciudad, y lo invitó a acompañarlo, cosa que Don Lupe aceptó, y es así como llega a Tecomán, tierra de la que se enamoró; y aunque viajó por todo el país y el mundo, siempre regresaba. Además, ahí se casó e hizo su familia, al lado de María de los Ángeles Guerrero, con quien tuvo siete hijos. Como la amistad con su patrón había crecido mucho, éste un día le confesó que era luchador enmascarado, El Tigre Rojo, y lo invitó a que entrenaran juntos. Don Lupe contestó afirmativa y entusiastamente, porque nunca había abandonado su sueño de ser luchador, de lo que ya había probado las mieles. En el patio de la casa de su amigo hicieron un hueco rectangular en el piso de tierra, y lo llenaron con aserrín, para taparlo luego con cartones, y ese fue su tatami, como se le llama al lugar donde entrenan los representantes del pancracio.
EL ZOMBIE KARU
Luego empezaron a pelear por la región, a pesar de que Don Lupe no se sentía del todo preparado. Su debut lo hizo en Cihuatlán, y en esta nueva etapa, ya con más herramientas técnicas que su sola presencia y carisma, tomó el nombre de Zombie Karú. Un día fue incluido en una función que presidieron Santo, El Enmascarado de Plata y El Cavernario Galindo. Por ese tiempo, Rodolfo Guzmán Huerta, El Santo, decidió promover mucho la lucha por esta región de la costa del Pacífico, a pesar de que ya era una estrella, y venir a esta zona era todo un sacrificio. Durante años, a la gira por nuestro litoral, La Gira del Pacífico, se le conoció como La Gira del Infierno, pues en una camioneta viajaban hasta quince o dieciséis luchadores.
EL GRAN GALILEO
Don Lupe empezó a viajar con ellos, pero ahora tomó un nuevo nombre de combate, El Gran Galileo, para lo que se hizo un equipo con un bastón, y, como siempre se distinguió por amar mucho a los animales, decidió que lo acompañaría hasta el ring su ardilla domesticada. Esta ardilla se subía en su hombro, y ahí se quedaba quieta, acompañándole a donde fuera. En este tiempo era un bonachón, lo que en las arenas de Norteamérica se conoce como un Face y aquí, como el bando técnico, opuesto a los rudos. Pero en términos generales, la mayor parte de su carrera militó en el bando de los rudos, y nunca en el de los exóticos. Pronto dejó a la ardilla en su casa, por temor a que se la fueran a lastimar. En su casa, sin embargo, tenía varias, así como otros animales, pues siempre le gustó mucho la fauna. Muchas veces en aquella época, y con tal de lograr mejores oportunidades, aceptaba participar en alguna función de manera gratuita. Viendo a aquel gigante forzudo, de grandes melenas y barbas, que tanta comunicación alcanzaba con la gradería, es ahí cuando le descubre Shadito Cruz, cazatalentos que se lo lleva a la Ciudad de México, donde lo pone bajo la tutela del maestro Rafael Salamanca, quien le enseña los secretos de la profesión a alto nivel. A pesar de pesar más de 120 kilos de peso y tener gran fuerza, no sabía mucho de lucha, pero se esforzó en aprender.
LUCHADOR Y ALBAÑIL
A pesar de conocer el mundo en sus correrías luchísticas, Don Trinidad nunca estudió, porque en su niñez fue muy pobre, por lo que fue albañil en su adolescencia y juventud, tanto así que en un principio combinaba este oficio con su participación en los ensogados. La misma ruda actividad le hizo desarrollar más su fuerza física, aunado a lo que Dios ya le había regalado como complexión natural, ya que, a pesar de no ser de músculos marcados, era ancho de espaldas, brazos y piernas, robusto y con una estatura en sus buenos tiempos de poco más de dos metros, la cual con los años mermó, por razones propias de la edad, midiendo a la postre 1.90. Esa robustez natural es de extrañar, si consideramos lo mal que se alimentaba. Benjamín Alfano, El Rayo Verde, uno de sus primeros maestros en el pancracio, se topó con que no era muy apto para las maromas y lances acrobáticos, pero en cambio, su presencia física, altura, carisma y, sobre todo, fortaleza física, le daban un plus. (Continuará)