Tonaltepetl


La vida, pase lo que pase, es maravillosa; éramos niños y las fiestas guadalupanas representaban eso, verdaderamente una gran fiesta no solo por la fe de los creyentes, sino por la unidad familiar y la bendita convivencia de aquellos que ya no están. Las peregrinaciones se sucedían unas tras otras y la música de mariachis, sonajeros y danzantes, llamaban a la alegría. Cada doce de diciembre, flores y algunas telas para vestido, entre otros detalles, llegaban a mi casa, había dos Lupitas que festejar.

Cuatrocientos noventa años de amor se cumplen en el 2021, envueltos en una de las tradiciones más llena de fe y confianza en un ser divino.

Visitar el centro de Colima es para algunos, regresar en el tiempo a esos momentos vividos. La libertad es distinta, la gente hace larga fila afuera de catedral para visitar a la morenita del Tepeyac. Una religiosa con rostro severo, llama la atención a unas personas que se “aparecen” por una puerta que no era la indicada para ingresar al templo, “¿por dónde entraron?”, pregunta, solo nos vamos a persignar, responde con voz suave una señora. Afuera del edificio, los fotógrafos cumplen con su trabajo de manera amable, se esfuerzan para llamar la atención de los niños y que estos, con su angelical sonrisa llenen la lente. Por cierto, saludé a mi buen amigo Ignacio Huerta Morfín, fotógrafo profesional, acompañado por su hermano Lalo y una de sus hermanas, trabajando.

En un pequeño salón anexo a la Basílica menor, mismo que linda con palacio de gobierno, las voluntarias Vicentinas apoyan con la venta de alimentos para generar ingresos en bien de la causa. Muchas son las personas que necesitan y no siempre son suficientes los recursos que amorosas personas ofrendan. La gente hace valla, los danzantes inician su participación y el cadencioso sonido del tambor y la flauta embelesan a los niños y niñas que son arropados por sus padres, “cuide a sus hijos”, dice una señora, “hay rateros”, sentencia. Esas palabras resuenan en mi mente, “hay rateros”, y traigo una anécdota que vivieron mis amigas de infancia Nora Linda y Adriana, quienes confiadas en una mujer que apoyaba a su madre en los quehaceres de la casa, la acompañaron, engañadas, hasta la central, misma que se encontraba en el corazón de Colima, justo en donde hoy se encuentra el auditorio Miguel de la Madrid Hurtado.

Algo pasó, que hasta hoy ignoro, pero la mujer “roba chicas”, se arrepintió y las niñas deambularon por la central hasta reencontrarse con su madre. Gracias a Dios no terminó en tragedia, pudo ser, hoy ellas viven para contarlo y su adulto corazón se estremece al recordar aquella historia de vida. Lamentable pero cierto, existen personas carentes de amor, que por unos centavos son capaces de todo, “Dios guarde la hora”, decía mi abuela.

Indudablemente “pa los toros del jaral”, los rancheros de allá mesmo”, y es necesario cuidarnos de esas personas.

Por lo pronto, la vida social de los colimenses va regresando a la normalidad, cada vez son menos los decesos, y la alegría regresa a los rostros de las familias. Gracias madre de Guadalupe por 490 años de amor.

ABUELITAS:

La afluencia vehicular en la carretera Colima Manzanillo y viceversa, es una importante vía de comunicación en la que se generan, derivado de muchos factores, en los que se ven involucrados de manera continua, los tristemente célebres camiones de carga o tráileres, como se les llama comúnmente. Lo anterior representa, sin duda, un peligro constante para las familias y el turismo social, para todos. Al parecer nadie hace nada, o no lo suficiente, se queja un usuario que describe con lujo de detalles el ignorado viacrucis que viven  quienes necesitan viajar diariamente por esas vías. A usted que me lee, seguramente le ha tocado esperar por horas, a que sea desbloqueado el paso cuando surge un accidente. Es necesariamente urgente, que se busque de manera conjunta entre autoridades, concesionarios y profesionistas en caminos y carreteras, una solución real para esta problemática que ha cobrado tantas vidas. Es cuanto.