Una Constitución mancillada


Hace 62 años, el 8 de febrero de1964, publiqué mi primer comentario de análisis político en el bisemanario Ecos de la Costa, órgano informativo desaparecido tras 92 años de prestigiada existencia. En aquel entonces mi comentario lo titulé “El cinismo oficial”, para criticar los discursos de alabanza al jefe del Ejecutivo, que personificaba Adolfo López Mateos, en ocasión de la tradicional ceremonia que año con año, se celebra en el “Teatro de la Republica”, en la ciudad de Querétaro, donde se promulgó la Constitución de 1917.

La Constitución del 17, reafirmó y conjugó la convivencia social que ya había establecido la de 1857, en la que figuraban las garantías individuales. Fue de las primeras en el mundo que incluyó cuestiones sociales con sentir revolucionario en favor de campesinos y jornaleros, obreros y trabajadores, regulando horarios, salarios y días de descanso.

Mañana 5 de febrero se habrá de conmemorar una vez más, el homenaje a una Constitución mancillada, que en nada se parece a la original promulgada en dicho recinto hace 109 años; no se parece a la original, porque a lo largo de más de 100 años ha sido modificada en su texto con un total de 256 reformas y 770 modificaciones en sus diversos artículos, mientras que solamente 19 artículos, de los 136 que la conforman, permanecen intactos.

Durante los diversos gobiernos que ha tenido nuestro país, en esos 109 años, el promedio anual de modificaciones ha oscilado en siete, ya sea reformas o leves cambios; durante el gobierno de Andrés Manuel López Obrador no solo ocurrieron el mayor número de reformas constitucionales, sino que ha sido el titular del Ejecutivo que menos se ha ajustado a cumplir con los preceptos de nuestra Carta Magna,  por  su desacato al cumplimento del juramento que hizo de cuidar y salvaguardar la Constitución y las leyes que de ella emanen, al expresar públicamente con ironía  aquello de que “no me vengan con que la ley es la ley”.

El juicio de la historia pesará enormemente contra este personaje por atentar contra el espíritu de aquella primera Constitución de 1814, inspiración del gran José María Morelos y Pavón, aunque nunca llegó a tener vigencia. Andrés Manuel no solo se negó a cumplir con la solemnidad de un juramento republicano, sino que gozó mancillándola, al no cumplir con el pacto federal señalado en la de 1857, que nos definía como una República, Democrática y Federal.

Modificó el lema de gobierno de la República, por el de gobierno de México que se utiliza en todo documento oficial; la concepción de una República Democrática trató de borrarla de un plumazo al querer desaparecer al INE como órgano independiente y autónomo para la organización y desarrollo de todo proceso democrático, cuya puntilla se pretende dar con la propuesta de Reforma Electoral, para que ahora sea operada por la Secretaría de Gobernación, como sucedió durante más de 70 años de hegemonía tricolor en sus diversas facetas, cuyos sucesivos gobiernos dieron vida a la “Dictadura Perfecta”, como fue bautizada por el premio nobel de literatura, Mario Vargas Llosa.

Si bien el presidencialismo mexicano, por las exigencias de una sociedad madura y una oposición combativa, trató de contener su control y expansión, en el gobierno de AMLO, pero en mayor medida en el de Claudia Sheinbaum, ha concentrado tal dominio que el concepto de Federalismo, como figura de entidades libres y soberanas, solo ha quedado en el papel membretado de los estados que son controlados por un partido hegemónico y un gobierno centralista como en la época de Antonio López de Santana.

Se busca materializar a la “Cuarta Transformación” con reformas a los tres Poderes de la Unión y en los tres niveles de gobierno: federal, estatal y municipal. Aunque el foco se ha puesto en la reforma al Poder Judicial de la Federación; sin embargo, las 18 reformas apuntan a nuevas reglas político-electorales y del ejercicio del poder público, con una alta concentración en quien ocupe la Presidencia de la República.

De aquella Constitución que supuestamente sigue vigente solo quedará el recuerdo, al concentrar en la figura del Ejecutivo, en la práctica,  los tres poderes de la Unión con un  legislativo cautivado y un Poder Judicial que constituye una verdadera farsa, con ministros designados por el poder omnímodo de AMLO que se dio el lujo de enlistarlos en una hoja tipo acordeón, como vergüenza internacional; la Corte Interamericana ha dado entrada a la vulneración de derechos de varios juzgadores que fueron desplazados por ese engendro de justicia que no tiene pies, ni cabeza.

Así que, la conmemoración de mañana se convertirá en la exaltación de las bondades de un documento, cuya gloria quedó sepultada por las pretensiones de un personaje que a trasmano opera ya un nuevo “Maximato”, como en los mejores tiempos de Plutarco Elías Calles; escucharemos con detalle e interés las muestras de un federalismo moribundo, una Constitución mancillada y un gobierno unipersonal, que pretende revivir la figura del emperador, que fue sepultado por el nacimiento de una República en el Acta Constitutiva de la Nación Mexicana.