El día de ayer, un compañero de trabajo me dijo: “Como mi viejito no sé qué, no hay otro”. – Bendito sea Dios le contesté, gracias, gracias a Dios que no hay otro igual ni lo habrá” y se me enojó… hasta me dijo que por qué estoy en su contra. Nooooo, no estoy en su contra, no soy tu enemigo ni tu adversario, le dije… simplemente no coincido contigo. Tú no coincides conmigo y no por eso eres mi enemigo…
¿Recuerdan la fábula de los ciegos y el elefante que analizamos hace 15 días en este mismo medio?
La verdad nos rebasa. Yo percibo el mundo desde mi posición o ángulo en que me encuentro y lo interpreto según mi cultura, mi religión, los libros que leí o no leí. El ser humano es un “ser social” por naturaleza, no estamos hechos para vivir solos, moriríamos. Es en la sociedad, en relación con los “otros” como me construyo y adquiero mi madurez porque aprendo a ceder y a dialogar.
Verdaderamente es una riqueza enorme convivir con personas que no piensan igual que uno, es un llamado a la apertura y a la madurez. Querer imponer “mi verdad” o “mi percepción” como la única válida para todos los seres humanos o los que me rodean es no haber entendido nada.
¿De quién es esta frase de “Unidad en la Diversidad”? No tengo abundante cultura, mucho se habla del tema desde distintas perspectivas, pero yo la tomo de una carta pastoral “Novo Millennio Ineunte” de Juan Pablo II el 06 de abril de 2001 al inicio del nuevo milenio. Hace un llamado a la “Espiritualidad de la Comunión” impresionante. Nos invita a vivir la unidad en la diversidad, NO UNIFORMIDAD. No se trata de pensar todos lo mismo y caminar hacia donde mismo y actuar semejante, no.
En la diversidad está la alegría de la vida, en esa diversidad, con una misma armonía, con un mismo tema, todos podemos dar aquello que somos para el crecimiento de todos, para crear un mundo mejor. Uniformidad en pensamiento, en las idea y formas no; uniformidad no. Buscar la armonía para el mundo en donde todos podamos colaborar desde nuestros propios talentos para favorecer un mundo más armónico, más auténtico y bueno, sí.
Y para profundizar más, me remitiré nuevamente a Juan Pablo II pero ahora citando una serie de catequesis que impartió cada miércoles y se han compilado como la “Teología del Cuerpo”. En una de sus catequesis nos dice que la relación que hay entre amor y felicidad es con respecto a la otra persona no respecto a nosotros mismos. Repitamos para comprender mejor: la relación que hay entre amor y felicidad es con respecto a la otra persona y no respecto a nosotros mismos.
Es decir, la finalidad del amor no es ser felices nosotros, buscar nuestra felicidad; sino “hacer felices a los demás”. Y para poder hacerlos felices hay que amarlos, aunque piensen distinto. Es así como felicidad y amor se conectan. Es decir, no estamos aquí para ser felices nosotros buscando nuestra felicidad sino para procurar la felicidad de los demás. Nuestra misión no es buscar “nuestra” felicidad sino amar con todo lo que somos a los demás, y eso los hará felices a ellos y por ende lo seremos nosotros. Impresionante.
Unidad en la diversidad, no hay otro camino. Mi grandeza espiritual, mi madurez espiritual está condicionada por mi apertura y solidaridad con todo aquel que se cruza en mi camino. No necesitamos ir lejos…
Mi “verdad” no necesariamente es la verdad de los demás, por tanto, querer imponerla es y será siempre una fastidiosa intromisión. Los dimes y diretes, señalamientos y acusaciones es una clara señal de inmadurez humana.
Ahora, hay que tomar en cuenta que existen verdades objetivas que nos rebasan y unifican y hay tal vez desentendidos de nuestras obligaciones y deberes y no nos queremos alinear a las reglas del hogar, de la empresa, de la sociedad. Ante todo, corrige con humildad si es que quieres conseguir una buena respuesta de tu corregido, no te quedes callado. Si te escucha bueno, y si no, hiciste tu parte, bien por ti.
Signo de madurez humana es saber escuchar opiniones distintas a la tuya sin enfadarte por ello ni mucho menos perder los estribos. La riqueza del ser humano es vivir en comunidad en la diversidad de talentos. Somos distintos, podemos pensar distinto, pero nos une un valor mayor y estamos unidos, a pesar de nuestra diversidad.