El prerromántico Goya, siempre adelantado a su tiempo, nos sumerge en una inquietante escena nocturna: un vuelo de brujas que parece salido directamente de las páginas de un cuento de terror.
Tres figuras cubiertas con capirotes sostienen en el aire a un hombre desnudo, abandonado e inerte en sus brazos, mientras soplan sobre su cuerpo para insuflarle —o tal vez arrebatarle— el aliento vital. El gesto ambiguo de estas criaturas, entre lo grotesco y lo sobrenatural, refuerza el misterio que envuelve la composición.
En la parte inferior, dos hombres vestidos como campesinos observan la escena con pavor. Ambos intentan protegerse del mal de ojo: uno se tapa los oídos para no escuchar —podemos imaginar— el estremecedor sonido de las brujas, mientras el otro, con la cabeza cubierta, se refugia bajo su manto e incluso hace la higa con los dedos, gesto ancestral para ahuyentar la desgracia.
Junto a ellos aparece también un burro, figura recurrente en la obra de Goya. El animal, símbolo de la ignorancia y la necedad, representa a una España aún dominada por la superstición, la falta de educación y el atraso intelectual. Una crítica que, con ironía y amargura, podría seguir teniendo vigencia incluso en nuestros días.
Goya, defensor apasionado de las ideas ilustradas, utiliza aquí el lenguaje del arte para denunciar el oscurantismo y las creencias irracionales que dominaban su época. Pero, más allá del mensaje crítico, esta obra revela también su vertiente más imaginativa y visionaria: el pintor deja volar su fantasía y se adentra en territorios que anticipan el surrealismo, creando una pintura onírica, simbólica y profundamente psicológica, capaz de conectar con nuestro subconsciente colectivo.
“Vuelo de brujas”, como se conoce esta obra, fue adquirida por los duques de Osuna para decorar su casa de campo, reflejo del gusto ilustrado de sus propietarios. Más de un siglo después, en 1997, el Museo del Prado la incorporó a su colección por 270 millones de pesetas, asegurando así que esta visión perturbadora y fascinante del genio aragonés siguiera deslumbrando —y turbando— a las generaciones futuras.

Goya denuncia la ignorancia enquistada en su país, y de paso deja volar su imaginación.
