¡Y lloró!

Al grito y llanto volteé, me di cuenta de que algo grave había pasado, miré hacia donde me señaló y regresé desde el centro de lo que fuera una hectárea, con una carrera digna de maratonista.

No podrás negar mujer la cara que pusiste en desacuerdo, cuando, a diferencia de las personas que hubieran enfrentado ese percance, cuando en el campo, allá en el potrero tuvo Gugui aquel accidente, actuando como a mí me enseñaron y la curé.

Te aclaro que los cobardes no enfrentan con seguridad sus actos, éste fue uno extraordinario por mi decisión como padre y mi carácter.

Habíamos comentado que sería como una tarde de salida al campo y que los niños se divirtieran viendo las vacas y animales, preparaste fruta para que comieran ellos, no pasó mucho tiempo en que nos encontrábamos en los terrenos de atrás del poblado de Abajo rumbo a los Nopales, la brecha nos llevó a una parte donde era planicie, y había sembradíos de limón y milpa.

–Serían las 15 horas de un sábado, ¿recuerdas? te invité a salir de cacería de güilotas.

Me hice a un lado del camino y me dispuse a ir tras las palomas, mientras en la parte trasera de la camioneta, tu y los niños preparaban la fruta, jícama, pepino, naranja con sal, y un agua de Jamaica, hasta ahí todo estaba de maravilla.

Sin darte cuenta la niña se bajó del vehículo y fue hasta el lienzo de alambre de púas que dividía el potrero, como me vio como lo atravesé me imitó, y sucedió que, al hacerlo, una de las puntas del alambre se le encajo en un cuadril…

–¿Cómo que cuadril? Si no es vaca.

–Su cadera pues, quedando con una cortada como de cinco centímetros.

Al grito y llanto volteé, me di cuenta de que algo grave había pasado, miré hacia donde me señaló y regresé desde el centro de lo que fuera una hectárea, con una carrera digna de maratonista.

Le miré la cortada sangrante, la llevé de nuevo a la camioneta, a mi mente llegó la idea de que esta podría infectarse con tétanos, y como en otro tiempo me sucedió a mí de niño, recordé cómo me habían curado sin piedad, y cómo tuve que aguantar el dolor, ¡y ahora me tocaba hacerle lo mismo a mi niña!

Le lavé con el agua de Jamaica, raudo fui a cortar unos limones que partí y poniéndoles sal los exprimí en aquella herida que no dejaba de sangrar, recuerdo el grito que dio mi hija al contacto del limón con sal, tus ojos se dilataron al ver lo que hacía con crueldad según tú, pero la cortada dejó de sangrar al oprimir con un pañuelo.

–Regresamos de esa tarde fatídica, ¡qué cruel eres! –recuerdo dijiste–, me dirigiste una mirada de reproche, no recuerdo qué sentí, pero no era nada bueno.

Por la noche como siempre la comunicación de la abuela, al platicarle el acontecimiento, me llenó de reclamos como si fuera un regaño, de momento callé y al continuar sus insinuaciones y palabras fuertes me llené de valor y le dije:

–La niña es mía, Usted haga lo que quiera con las suyas, pero yo tuve el valor de lavar y limpiar la herida como yo creí conveniente, prefiero que mi hija sufra unos momentos y no perderla por una infección o más por tétano, así que es mía y yo sabré cómo la cure.

Para esto al llegar había ido a la botica, pregunté qué era bueno para cicatrizar y evitar la infección de una cortada, dándome una crema y gasas que coloqué debidamente.

Ese suceso quedó marcado en mi conciencia, yo no podía perder a quien amaba tanto, hubiera preferido me cortaran el brazo y no a ella la vida.

–Incomprendido como en muchas ocasiones, aun destrozado mi corazón siempre actué con valentía, decisión y cordura… y mira, –le dije a mi compañera–, hasta donde hemos llegado, bueno o malo, pero aquí estamos. Sentí un apretón a mi brazo en señal de aprobación, sin dejar de recordar los sufrimientos y alegrías.

Aticé de nuevo la fogata, la tarde se hacía disimulada como para querer ella también escuchar mis relatos ciertos y fatales, pero no todo era triste, también acuérdate de la gran alegría que tuvimos cuando estuvimos en la graduación de nuestro hijo como médico.

Mi señora se acomodó más cerca, se acurrucó tomando mi brazo, quizá por el frio de la caída de la tarde o por aprobación de mis dichos, escuché:

– Dime pues como te sentiste con ese acto.

– ¡Fatal!