“Si no eres capaz de pensar como Dios, déjalo actuar”“Si no eres capaz de pensar como Dios, déjalo actuar”

Mt 20,1-16

 

Hermanos, la lectura del Evangelio de san Mateo nos presenta ahora los discursos que se refieren al Reino de los cielos. Comenzamos una sección narrativa que abarca del capítulo 19 al capítulo 23. La cualidad del mensaje evangélico es reconocer la importancia de incluirse en el proyecto del Reino de Dios, al que somos llamados cada uno, y gracias al cual recibiremos la recompensa. Hoy el texto nos presenta la parábola de los trabajadores llamados a la viña a diferentes horas y la generosidad del dueño de dar al último lo mismo que al primero. Tratemos de advertir en qué momento de nuestra vida hemos sido invitados y, sobre todo, si experimentamos la dicha de ser parte de los que suman con Dios.

 

Parecería no apropiado hablar de la lógica de Dios, puesto que Dios es sabiduría infinita, pero lo utilizamos como sinónimo de pensamiento. Ya anteriormente habíamos profundizado en estos elementos: pensar según los hombres y pensar según Dios.

Desde toda la tradición bíblica se ha afirmado que los pensamientos del hombre son pequeños o nada en comparación con los pensamientos de Dios. En el profeta Isaías encontramos los siguientes textos, dice Dios por medio del profeta: “Porque mis pensamientos no son sus pensamientos, ni los caminos de ustedes son mis caminos, oráculo de Yahvé… cuanto aventajan los cielos a la tierra, así aventajan mis caminos a los suyos y mis pensamientos a los de ustedes” (Is 55,8-9).

 

El hombre se rige por estereotipos y leyes que de su inteligencia y de la experiencia ha adquirido; y, guiado por la ley de la justicia trata de ser ecuánime en sus decisiones; podríamos decir que sigue una lógica. Debes – pagas, trabajas – recibes un salario, eres diligente – progresas, eres irresponsable – pierdes, etc. todo esto puede comprenderse en un mundo de estímulo respuesta. Pero, aún las leyes y el orden son pisoteadas por el mismo hombre, que en su avidez y egoísmo piensa en su propio beneficio y somete al pobre al trabajo, sin dar lo que le es debido, promueve al que es injusto y perverso y se excluye al que es valioso y justo. Es urgente un nuevo concepto de humanidad para poder proyectar al hombre a otro nivel, el de verdaderos hermanos, pero basados en el proyecto del Reino de Dios y no en el proyecto de un crudo humanismo y filantropía.

 

 

 

La imagen de la viña, o la parábola de la viña nos permite reconocer tres cosas: primero, que el hombre no es dueño del mundo, es administrador, el dueño y señor siempre será Dios; segundo, que así como trascurren las horas del jornalero y llega la noche, así pasan los días y llegará el momento de entregar la vida a Dios; y tercero, que en la vida, no podemos estar de ociosos sin hacer nada, debemos implicarnos en lo que Dios nos ha confiado.

 

Dios nos llama a diferentes horas a trabajar para él, y llegará el momento de la recompensa o de la paga. El llamado de Dios a trabajar con él y para Él debe ser correspondido inmediatamente porque nadie tiene la vida asegurada. Esta lógica del menor esfuerzo aquí no va. El Evangelio presenta la conclusión del texto, con el momento de ofrecer la paga a los trabajadores. Y aquí la lógica de Dios reflejada en la parábola comienza a incomodarnos: comenzar por los últimos hasta los primeros (cfr. Mt 20,8.16). El celo de los que trabajaron más y ven recibir a los que trabajaron menos, la misma paga, les causa indignación. Pero la parábola recalca la actitud bondadosa del dueño que da a todos lo justo, y que para los que poco hicieron fue un grandísimo don.

 

Agradezcamos a Dios que nos invita a todos y espera que todos nos alegremos con los demás. Aprendamos que nunca hay que compararnos con los demás, sino agradecer lo que Dios nos ofrece con infinito amor. Porque todos somos llamados a gozar de sus dones y de su bendición.