La España que conocí (Tercera Parte)

"De aquella vista buena y excelente salen espíritus vivos y encendidos…” decía Don Garcilaso, el de Toledo.

Siguiendo la pista de la chica que Sabina menciona en la canción “Caballo de cartón”, tomé la línea 1 del metro, recorriendo las estaciones: Tirso de Molina, Sol, Gran Vía, Tribunal. Visité la Puerta del Sol y claro que le toqué la cola y la pata al oso (dicen que en realidad es una osa) que está junto al madroño, para regresar a Madrid. Es como resbalarse en nuestra Piedra Lisa. De igual manera, me coloqué en el kilómetro 0 de las carreteras radiales de España. También estuve en la Plaza Mayor, corazón de Madrid, en donde disfruté del atardecer sentado en una de sus bancas.

Entré al restaurante Sobrino de Botín, en la calle de Cuchilleros, y me trasladé de inmediato al pasado. Se fundó en el año 1725. Dicen que es el restaurante más antiguo del mundo y que en él trabajó lavando platos un adolescente que posteriormente pintaría la maja vestida y la maja desnuda, entre otras grandes obras. Este lugar es mencionado en textos de algunos escritores y escritoras como: Benito Pérez Galdós, Ramón Gómez de la Serna, Alfonso Reyes, Ernest Hemingweay, Graham Greene, María Dueñas, Almudena de Arteaga, entre otras y otros. Comí un delicioso pollo campero en pepitoria, con un buen tinto, y de postre una riquísima crema catalana. La atención fue excelente por parte de un camarero sudamericano que trabajó un tiempo en la Ciudad de México, y que por cierto guarda muy buenos recuerdos de nuestro país.

Pude recorrer el interior del Palacio Real, caminar por sus salones suntuosos de estilo barroco clasicista, con su exuberancia decorativa. Es el palacio más grande de Europa y uno de los más grandes del mundo, con bellas colecciones de esculturas, tapicería y pinturas. Me emocionó ver los violines Stradivarius Palatinos (dos violines, una viola y dos violonchelos) que se exhiben en una de las salas. La construcción del palacio inició en el año 1738 por orden del rey Felipe V, sobre lo que fue el Real Alcázar. Hoy se utiliza para ceremonias de Estado y recepciones solemnes. Saliendo del Palacio me dirigí a la Catedral de Santa María la Real de la Almudena, cuya construcción inició a finales del siglo XIX, con estilo neoclásico, neogótico y neorrománico. Una hermosa construcción dedicada a la patrona de Madrid.

Subí las escaleras de salida de la estación del metro y apareció ante mis ojos la imponente y majestuosa plaza de toros Las Ventas, con su bello estilo neomudéjar. El coso fue inaugurado en el año 1931. Yo estaba emocionadísimo de verla y saber que entraría a disfrutar de una corrida. Al entrar al tendido me topé con el famoso aficionado y crítico taurino (implacable y demoledor) “El Rosco”, a quien sigo en las redes sociales y con quien pude hacerme unas fotos. Los toros fueron de la ganadería de José Enrique Fraile de Valdefresno, de Salamanca, y torearon el mexicano Luis David Adame y los españoles Alejandro Mora y Alejandro Peñaranda. Siempre tuve la esperanza de que nuestro paisano abriera la Puerta Grande (cosa que no sucedió). Hay que reconocer que los toros no eran para Madrid y que los diestros poco pudieron hacer. Pero lo importante era estar en la plaza número uno del mundo. Así que disfruté bastante el momento, con un público muy exigente.

Hace diez años mis hijos Álvar Daniel y Diego Andrés presenciaron una corrida en dicha plaza. El hecho me emocionó muchísimo, al punto de sentir que yo mismo estaba ahí capturando la acción a través de sus pupilas. En aquel momento pude ver la trasmisión en una página de internet y distinguirlos a ellos en el tendido, eso provocó un vuelco en mi corazón. Ahora yo estuve en mi barrera de sol y mientras le daba unos tragos a mi bota, cargadita de un buen Rioja, sentía que ellos, mis hijos, estaban a mi lado y que yo gozaba por segunda ocasión una tarde de corrida en la catedral del toreo.

 

Yo, señor, soy de Segovia. Mi padre se llamó Clemente Pablo…

 

Tomé el tren en la estación Chamartín de Madrid y me fui a Segovia. Ya estando en esta hermosa ciudad me dirigí al Alcázar, pero poco antes de llegar, al cruzar el Arco del Socorro me encontré con una placa muy especial, que dice: “En esta ciudad, creados por el ingenio del más alto humorista, Don Francisco de Quevedo, nació el Buscón Don Pablos, espejo de pícaros y gran tacaño, y tuvo su escuela de ayunos el Dómine Cabra”.  Cómo no recordar aquella obra de teatro que tantas veces vi en el Foro Universitario Pablo Silva García. Al caminar por las calles de Segovia, sentía que en cualquier esquina me toparía con aquellos esperpénticos personajes.

 

El Alcázar es imponente, construido en el siglo XII, ha sido fortaleza medieval, Palacio Real, prisión y Colegio de Artillería. En una de sus torres estaba el tesoro de la Corona, de donde salieron los recursos para financiar el primer viaje de Cristóbal Colón. Recorrí sus salas y subí a una de sus torres, en cuyo interior había una escalera de caracol que no se le veía el fin. Al llegar a la parte superior del castillo disfrute de una hermosa vista de la ciudad.

 

Su Catedral de Nuestra Señora de la Asunción y de San Frutos es muy hermosa, conocida como la Dama de las Catedrales, se construyó entre los siglos XVI y XVIII, de estilo gótico. Con Capillas y vitrales espectaculares.

 

Pude admirar desde distintos ángulos el famoso acueducto romano que llevó agua a la ciudad hasta el año 1973. Se construyó a principios del siglo II D.C. Se edificó con sillares de granito asentados sin argamasa entre ellos. Una maravilla de la ingeniería romana.

 

Llegó la hora de comer y me dirigí al Mesón de Cándido. Ahí disfruté de un delicioso cochinillo asado (uno de los platos típicos de Segovia) y tortilla de patata con trufa, acompañados de un vino tinto joven Ribera del Duero, muy rico. Este mesón se inauguró en el año de 1786, pero cobró fama internacional a mediados del siglo XX. Hasta la fecha se sigue escenificando la partida del cochinillo con el canto de un plato, con el fin de demostrar lo tierno y suave de su carne. Y me regresé en el tren, a la estación Atocha de Madrid. Por cierto, renfe (Red Nacional de Ferrocarriles Españoles) tiene un servicio excelente, son extremadamente puntuales y su personal es muy atento y comedido. Los trenes rápidos alcanzan una velocidad de hasta 310 km/h.