
“Andamos haciendo territorio”, en lugar de, llamando las cosas por su nombre: andamos empadronando, afiliando, haciendo propaganda o en campaña proselitista. Y es que, de un tiempo acá, hemos escuchado eso con relativa frecuencia, aunque sea una expresión tan arbitraria como aberrante, así como se escucha y lee.
Me explico. “Territorio” viene del latín territorium, tierra poseída. Histórica y gramaticalmente como en derecho, geografía y antropología es un espacio físico, cultural y jurídico delimitado, con soberanía, memoria y pertenencia. Un territorio es, se habita, se defiende, se construye socialmente. Mientras que “Proselitismo” viene de proselytos, el recién llegado que se convierte. Es una acción: convencer para afiliar.
Usar uno como sinónimo del otro es una metonimia grotesca, perezosa y abusiva. Confunden el lugar con la acción que se hace en el lugar. Es como decir “voy a hacer cocina” por “voy a hacer política en la cocina”. Vacían el concepto. Cuando un operador o candidato dice “hay que hacer territorio”, lo que quiere decir es “hay que ir a colonizar electoralmente un espacio”, es decir: hacer proselitismo encubierto. Se reduce el territorio -que es comunidad, historia, identidad, colonia o barrio- a un simple padrón electoral por conquistar. Es un atropello lingüístico que empobrece el idioma y cosifica a la gente.
El poder o quienes lo ocupan, nombran y renombran el mundo como los lugares para poseerlo, para imponer su marca, su huella. Decir territorio en lugar de comunidad es ya un acto de dominio, de tributo. Es una jerga política operativa deliberada, hará una década tenía ese uso, solo hay que hacer memoria; territorio era zona, demarcación, región, jurisdicción, etc., como debe ser ¿Por qué se impone esa palabra desde hace unos años originada en un partido político y luego en el resto? Por tres simples razones, según, estratégicas:
- a) Eufemismo bélico. “Proselitismo” suena a partido, a acarreo, a lo que la gente repudia. “Territorio” suena a trabajo, a cercanía, a sudor. Es menos fiscalizable. No dices “estoy haciendo campaña anticipada”, dices “estoy trabajando territorio”. Es un blindaje discursivo.
- b) Militarización del lenguaje. La política moderna copió el lenguaje castrense: territorio, avanzada, estructura, operador, plaza (¿?). Para el militante, decir “territorio” le da épica. Ya no es un prom
- otor de voto, es un soldado que explora, que lucha y conquista, domina. Eso motiva.
- c) Concepto de control. En la jerga, territorio no es el espacio físico, es el control político de ese espacio: “¿quién trae el territorio de Comala?”. Significa: ¿quién tiene los seccionales, los líderes, las manzanas, los grupos? Es una clave interna, no es para el ciudadano.

Es, sin embargo, una deformación que empobrece el debate, porque convierte al ciudadano habitante de un territorio o zona en una boleta, en un ordinario voto a extraer. Borra la historia del lugar para ponerle un color partidista. Operativamente crearon ¿O la copiaron? una palabra-código que les sirve para movilizar sin decir lo que realmente hacen.
El problema es cuando ese caló sale de la mesa o del “cuarto de guerra” partidista y se quiere imponer como lenguaje público. Ahí sí es un error grave; yo sé, como seguramente también usted, estima
ble lector, lo sabe o deduce, que el territorio no se hace, el territorio es. No se “hace territorio” un sábado en la mañana; se pertenece a él toda la vida. El territorio ahí está, ahí ha estado. Así es de que…