La España que conocí.


Me sobran los motivos.

Hace unos días tuve la oportunidad de viajar a España, país con el que los mexicanos hemos mantenido una relación compleja a través del tiempo. La historia nos liga de diversas formas. Venimos de un encuentro violento de dos mundos, en el que dominaron, sojuzgaron y saquearon a nuestros pueblos asentados en lo que hoy es México. Posteriormente vino la independencia de la Corona española y este país se ha configurado como una nación con rasgos propios que mezcla ambas culturas. Tenemos elementos europeos muy importantes, pero el México profundo perdura con muchas y diversas aportaciones que resultan absolutamente valiosas hoy en día. Lo mexicano es muy rico y diverso, al igual que lo español. Actualmente, en lo general hay una buena relación entre ambas naciones.

Ambos países han transitado por la historia, viviendo sus propios momentos estelares y también sus episodios más trágicos. Nuestro país ha sido generoso en momentos difíciles, como cuando abrió sus puertas a los exiliados republicanos españoles a iniciativa del presidente Lázaro Cárdenas. Dentro de ese grupo heterogéneo venían catedráticos, artistas e intelectuales que sin duda enriquecieron la vida cultural de nuestro país, como Adolfo Sánchez Vázquez, Remedios Varo, Ramón Xirau, León Felipe, Luis Buñuel, Wenceslao Roces, entre otros. Todos ellos hicieron grandes aportaciones desde los diversos ámbitos en que se desempeñaron.

Hay cosas que nos trajeron de España e integramos a nuestra cultura, como la tauromaquia, por ejemplo; que por alguna razón que no termino de explicarme a cabalidad hasta el día de hoy, ejerció en mí una fascinación desde mi niñez. Admiraba a los toreros (Paquirri, Antoñete, Espartaco, Manolo Martínez, Eloy Cavazos y Curro Rivera, sobre todo) y también las hechuras del toro de lidia, ese hermoso y fiero animal que imponente sale al ruedo generando respeto y causando la admiración de los aficionados. Mi familia en general no es taurina, no me llevaban a los toros y de todas maneras me llamaba mucho la atención ese ritual tan antiguo y peculiar. Conservo fotografías de un concurso de disfraces infantiles realizado en la feria de Colima, en el que participé vestido de torero. Ese hermoso traje de luces lo confeccionó con mucho cariño una de mis tías. Fui el chamaco más feliz del mundo al partir plaza y dar unos pases con el capote en el centro del casino utilizado para ese evento.

Ya más grandecito tenía un vecino y amigo que era un poco mayor que yo y que soñaba con ser torero. Su casa estaba llena de carteles taurinos, capotes, banderillas y estoques. Este muchacho nos invitaba a varios amigos del barrio a formar una cuadrilla con el fin de acompañarlo a partir plaza. Ensayábamos con alegría para hacerlo de la mejor manera posible. Recuerdo que íbamos a la plaza de toros del Rancho de Villa. Ahí hacíamos el paseíllo, luego empezaba el jaripeo y una vez que el jinete había sido tirado o se había bajado del lomo del toro, mi amigo entraba a darle algunos pases con su capote. Claro que la banda tocaba un paso doble para acompañarlo. Los demás veíamos desde la barrera, felices de la vida. Yo me emocionaba al escuchar esa música en la plaza. También me gustaba mucho dibujar toros y toreros en acción. Llené varias libretas de dibujo, sobre todo durante mi época de estudiante de primaria.

Durante mi niñez y adolescencia tuve oportunidad de ser asiduo espectador de las presentaciones de la compañía de teatro de la Universidad de Colima. Hubo un montaje que me impresionó (¡asistí a casi todas sus funciones!). Se trataba de El Buscón, de Francisco de Quevedo. Excelente dirección, la adaptación de la novela era estupenda, muy buenas actuaciones, una escenografía muy original, los vestuarios de época eran geniales y el maquillaje alucinante. En fin, fue la época dorada de esa compañía. Se sumó el talento de mucha gente, dando muy buenos resultados. Me aprendí casi todos los diálogos y en el barrio organizaba a los demás chiquillos para jugar a representar esa obra satírica. Supe que Don Francisco de Quevedo era uno de los más grandes escritores del Siglo de Oro español.

Ya en la secundaria me integré a esa compañía universitaria y el primer montaje en que participé fue el de tres entremeses, uno de ellos de Miguel de Cervantes: Los Habladores. En esa obra interpreté a Roldán el hablador. Me seguía encantando esa época histórica y también lo agudo y divertido de los textos. Un poco antes estuve en un grupo de teatro infantil con la maestra Vera Vázquez, quien adaptó unas escenas del Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha y participé haciendo el personaje de Sancho Panza, que me quedó como anillo al dedo. Por cierto, uno de mis tíos me duplicaba mi domingo si le narraba capítulos de dicha novela, cosa que con gusto yo hacía. Me divertía mucho leer las aventuras y desventuras de su protagonista, acompañado de su fiel escudero.

En esa etapa de secundaria me gustaba participar en los concursos de declamación. Recuerdo haber ganado primeros y segundos lugares declamando Reír llorando del mexicano Juan de Dios Peza y Qué lástima del español León Felipe.

También por esa época descubrí a un cantautor español que hasta el día de hoy le ha puesto banda sonora a mi vida: Joaquín Sabina. Extraordinario letrista. Algunos lo consideran el más avezado discípulo de Quevedo. La primera canción que escuché de él es “Que se llama soledad”, y a partir de ahí nunca le perdí la pista, me hice de casi todos sus discos y me aprendí casi todas sus canciones. Me enamoré de Madrid y de España en general, gracias a su talentosa pluma y a los ritmos variados de sus canciones. Y gracias a él conocí a Camarón de la Isla y José Mercé, cantaores de flamenco.

De igual manera, supe de Joan Manuel Serrat; me gustó mucho “Cantares”, ese hermoso poema de Antonio Machado musicalizado por este talentoso catalán. Una tía me grabó varios casetes con sus bellas canciones. Ella tenía todos sus discos y generosamente me los compartió.

Con el paso del tiempo descubrí a los poetas Miguel Hernández, Antonio Machado y Federico García Lorca; a los pintores Diego Velázquez, Francisco de Goya, Salvador Dalí, Pablo Picasso, Joan Miró, El Greco y El Bosco. La pintura me llamaba mucha la atención. Ya cursando la prepa en el CEDART Juan Rulfo, elegí el específico de artes plásticas, en donde el maestro Miguel Ángel Cuervo nos compartió su gran conocimiento y su enorme biblioteca, pletórica de libros de historia del arte.

Correo electrónico: jochoarosales@gmail.com

X: @OchoaRodrigo