Yo también me bajo en Atocha.
Así que conocer España era un sueño que por fin pude concretar. Llegué a Madrid al amanecer, y lo primero que hice fue caminar de la estación Atocha al barrio de Lavapiés, para llegar a la plaza Agustín Lara, ese talentoso cantautor veracruzano que en 1948 le compuso un chotis a esta ciudad, el cual se ha vuelto un verdadero himno oficioso que es cantado y bailado por chulapos y chulapas en las fiestas de San Isidro, durante las verbenas y otras festividades como las de la Virgen de La Paloma o San Cayetano. Esta plaza y sus calles aledañas están muy sucias, descuidadas y malolientes. Tuve que recoger basura que se encontraba alrededor del monumento dedicado a este compositor para hacer algunas fotografías. Algo que llamó mi atención fueron las banderas de Palestina que vi colgadas en los balcones de algunos edificios. Un recordatorio sobre la terrible situación de muerte y desamparo en la que se encuentra su población desde hace mucho tiempo. Una guerra que ha desatado una crisis humanitaria que se caracteriza por un colapso de los servicios de salud, falta de agua y escasez de alimentos en la Franja de Gaza. Seguí caminando por las calles y avenidas de esta hermosa y vibrante ciudad, disfrutando de su bella arquitectura.
Luego al museo Del Prado, que es una verdadera maravilla. Se trata de una de las pinacotecas más importantes del mundo donde puedes apreciar obras fundamentales de la historia del arte. Sentí un nudo en la garganta al estar parado frente al tríptico El jardín de las delicias, del Bosco, obra colorida, compleja y enigmática, pintada aproximadamente en el año 1480. Lo mismo sentí al ver Los fusilamientos del 3 de mayo, de Francisco de Goya, realizada en 1814, y Las meninas, de Diego Velázquez, del año 1656. Pero son muchísimas las obras que te conmueven y te iluminan el día, para salir de ahí con la sensación de que el arte ha enriquecido tu existencia.
Me hospedé en el histórico hotel Mediodía, de estilo neoclásico francés, ubicado frente a la estación Atocha, e inaugurado en el año 1851. En ese entonces dicha estación de trenes era conocida como Estación Mediodía. En la tradición europea, mediodía es sinónimo de sur; es decir, la entrada a Madrid desde el sur peninsular, la conexión con Andalucía y otras regiones meridionales. A un lado del hotel está el bar El Brillante, fundado en los años 50’s del siglo pasado. En ese lugar disfruté de algunas de las comidas típicas de Madrid: bocadillos de calamar, torreznos de Soria, callos a la madrileña, pincho de tortilla española y bocadillos de jamón serrano. Delicias que acompañé con una cañita, un vermut o un pacharán. Debo decir que en ese y muchos otros lugares que visité siempre recibí muy buen trato por parte de las personas responsables de atender a los clientes. En ese bar tuve oportunidad de platicar con una mujer madura nacida en Ecuador y nacionalizada española, quien me comentó que tiene 30 años viviendo en Madrid y ha tenido muchos trabajos duros, pero que siempre ha recibido buen trato por parte de los españoles. Sin duda, el trabajo duro lo hacen los inmigrantes. Caminando por las calles me encontré a varios grupos de obreros canturreando alegremente canciones de Juan Gabriel y El Buki.
Comí un delicioso cocido madrileño con sus carnes, garbanzos, verduras y sopa, cocinado en puchero de barro sobre carbón de encino, en la taberna La Bola, para luego emprender una caminata por la ciudad y llegar al tablao flamenco Corral de la Morería. Disfruté mucho la música (guitarras), el cante y el baile flamenco, que es originario principalmente de Andalucía, bastante intenso y expresivo, que trasmite pasión, tragedia, dolor y alegría, con un público entregado completamente ante este emocionante espectáculo.
En el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, tuve la enorme fortuna y el privilegio de admirar pinturas extraordinarias como por ejemplo Muchacha en la ventana de Salvador Dalí, pintada en 1952; Mujer en azul, de Pablo Picasso, realizada en 1901; así como la enorme obra en blanco y negro El Guernica, también de Picasso, pintada en el año 1937, en la que plasma el horror del bombardeo de la ciudad vasca de Guernica, durante la guerra civil española. Esa pintura me conmovió mucho, me trasladó a aquellos fatídicos años. De hecho, fue una experiencia envolvente, ya que en otra de las salas se exhibían revistas, folletos y carteles originales, que se utilizaron en dicha guerra. Material elaborado y distribuido por ambos bandos: republicanos y sublevados. Y pues, ya sabemos: pasaron los nacionales y se les vinieron 36 años de dictadura. También hay una sala muy interesante dedicada a la famosa “Movida madrileña”, movimiento contracultural que tuvo su epicentro en el barrio de Malasaña, durante los primeros años posfranquistas.
Recorrí la cuesta de Moyano, visitando sus librerías de viejo; caminé por el hermoso parque del Retiro en donde admiré entre otros elementos escultóricos, la famosa obra El ángel caído, que muestra el momento en que Lucifer es expulsado del Paraíso y una serpiente se enrosca en su cuerpo; aprecié la Puerta de Alcalá, erigida en 1778; disfruté del bellísimo Palacio de Cibeles, inaugurado en 1919 como Palacio de Comunicaciones (sede de Telégrafos y Correos); pude recorrer la sensacional, bulliciosa y vibrante Gran Vía, desde la calle de Alcalá hasta la Plaza de España. En esa avenida hice una pausa para comer en un pequeño restaurante donde probé un espectacular pulpo a la gallega. Visité el famoso bar Museo Chicote, fundado en 1931, al que le han cantado Agustín Lara y Joaquín Sabina. El bar de Perico Chicote sigue idéntico a como era en su época dorada, con estilo Art Decó. Fue la primera coctelería de España, visitada por muchas celebridades. Así que me tomé tres coctelitos: Singapore Sling, Mai Tai y Negroni. En fin, un agasajo postinero. Esperaba ver a la que derrite con su escote la crema de la intelectualidad, pero no llegó.
Me fui a la Plaza de España, al monumento a Miguel de Cervantes, para evocar los grandes momentos que con sus obras literarias me ha hecho vivir. Por cierto, a la vuelta de mi hotel se encuentra ubicada la imprenta donde vio la luz la primera parte de su novela El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, en el año 1605. Se trata del taller de impresión más importante del Siglo de Oro. Por esta imprenta pasaron también Quevedo, Tirso de Molina y Lope de Vega. El taller pertenecía a María Rodríguez Rivalde y a su sobrina María de Quiñones, aunque por las normas de la época, las mujeres no podían firmar las portadas, por lo que contrataban a un maestro impresor. En este caso firmaba Juan de la Cuesta, aunque algunos años después empezó a firmar de Quiñones. El lugar hoy en día es la sede de la Sociedad Cervantina.