En el Cereso de Colima acaba de inaugurarse un espacio que va más allá de los muros y las rejas. No es solo un aula: es una apuesta por la dignidad humana, el arte y la reinserción social. La Universidad de Colima, a través del programa Horizontes de Voluntad, echó a andar un proyecto educativo en el área varonil del centro penitenciario. Vale la pena reconocerlo como una de las iniciativas más valiosas y esperanzadoras de los últimos tiempos en nuestro estado.
No es poca cosa. Mientras muchos prefieren no ver cuando se habla de las personas privadas de la libertad, la Universidad de Colima decidió mirar de frente y actuar. Convirtió un rincón del reclusorio en un lugar donde se practican la música, la danza, el teatro, el canto, el arte, la filosofía y el contacto con la naturaleza. No es un salón de clases cualquiera: es un espacio para aprender, expresarse y descubrir nuevas formas de relacionarse con los demás. Esa diferencia importa. Porque la reeducación y la reinserción no se logran solo con disciplina o programas formales; también se construyen desde la sensibilidad, la creatividad y la posibilidad de mirarse a uno mismo de otra manera.
La gobernadora Indira Vizcaíno Silva lo dijo con claridad durante la inauguración: este proyecto quiere ser una luz de esperanza que trascienda los muros del Cereso y llegue a las familias y a la comunidad. El rector Cristian Jorge Torres Ortiz Zermeño subrayó que la reeducación y la reinserción social son una responsabilidad compartida, y comprometió a la universidad a respaldar este programa y otras iniciativas que generen oportunidades reales de aprendizaje. Blanca Liliana Díaz Vásquez, presidenta del voluntariado universitario, destacó el trabajo colectivo que hizo posible este espacio y la expectativa de que allí nazcan nuevos aprendizajes y oportunidades. El secretario de Seguridad y Protección Ciudadana, Fabián Ricardo Gómez Calcaño, planteó algo igual de importante: que estas actividades despierten en los participantes el deseo de seguir estudiando cuando egresen.
Todo esto conforma una labor ejemplar. La Universidad de Colima no se limita a formar profesionistas fuera de los centros de reclusión; llevó la educación y la cultura hasta donde más se necesitan. Esa es, en esencia, una de las funciones más nobles de una institución pública de educación superior: llegar a quienes históricamente han quedado fuera de las oportunidades.
Ojalá que, en el corto o mediano plazo, esta aula se convierta en semillero de artistas, promotores del arte y profesionistas. No es una ilusión ingenua. La historia está llena de ejemplos que demuestran que la cárcel, lejos de ser solo un lugar de castigo, también ha sido cuna de grandes creaciones. En las prisiones se han consagrado escritores, se han escrito libros que hoy forman parte del canon literario y han surgido figuras destacadas en las artes. Desde Miguel de Cervantes —que conoció la prisión— hasta autores más cercanos en el tiempo y la geografía, la experiencia del encierro ha producido obras de profunda humanidad y belleza. El arte no pide currículum ni antecedentes limpios; pide sensibilidad, disciplina y la posibilidad de ser escuchado. Este programa ofrece precisamente eso.
Imaginar que dentro de unos años veamos salir del Cereso de Colima a personas dedicadas a la música, al teatro, a la escritura, a la promoción cultural o a profesiones técnicas y humanísticas no es utópico: es coherente con lo que la universidad está sembrando hoy. Cada taller de danza, cada ensayo teatral, cada conversación filosófica o cada contacto con la naturaleza es una semilla. Algunas germinarán más rápido que otras, pero el terreno ya se está cultivando con seriedad.
Hay, además, otra dimensión que merece mencionarse. Ojalá que pronto veamos a las personas privadas de la libertad realizando servicio comunitario. Me consta, por conocimiento directo, que muchas estarían en la mejor disposición de contribuir a la comunidad. El deseo de reparar, de devolver algo a la sociedad y de sentirse útiles no desaparece por estar privados de la libertad. Al contrario: en muchos casos se agudiza. Un programa como Horizontes de Voluntad puede ser el puente para canalizar esa disposición hacia acciones concretas de beneficio social, siempre bajo las medidas de seguridad y seguimiento correspondientes. El servicio comunitario no solo ayuda a la sociedad; también fortalece el sentido de pertenencia y la autoestima de quienes lo realizan.
La reinserción social no es un concepto abstracto ni un eslogan. Se construye, como bien se dijo en la inauguración, desde un aula, desde un escenario, desde una canción o desde una nueva oportunidad para aprender. La Universidad de Colima lo entendió con claridad y actuó en consecuencia. Su labor es grande y ejemplar porque no se queda en el discurso: entrega un espacio físico, un programa estructurado, respaldo institucional y, sobre todo, la convicción de que las personas privadas de la libertad siguen siendo sujetos de derechos y de potencial creativo. En un país donde el sistema penitenciario enfrenta enormes desafíos, iniciativas como esta brillan con luz propia.
