Hay mujeres que llegan al poder para demostrar que pueden ejercerlo. Y hay otras que, después de ejercerlo durante años, consiguen demostrar algo mucho más difícil: que el poder no tiene por qué cambiar la esencia de quien lo posee.
Angela Merkel pertenece, para mí, a esa segunda categoría.
Durante dieciséis años condujo Alemania. Fue la primera mujer en ocupar la Cancillería y la primera persona procedente de la antigua Alemania Oriental en llegar ese puesto. Llegó al poder el 22 de noviembre de 2005 y lo dejó el 8 de diciembre de 2021, después de cuatro periodos de gobierno.
Dieciséis años. Una vida política entera. Y, sin embargo, cuando pienso en Merkel, no pienso primero en el poder. Pienso en la serenidad. En una mujer que no necesitó levantar la voz para hacerse escuchar. Que no convirtió cada diferencia en una batalla. Que hizo de la negociación, la paciencia y el conocimiento instrumentos de gobierno.
Merkel fue científica antes que política: doctora en física. Quizá por eso siempre hubo en ella algo que me impresionó profundamente: la costumbre de observar antes de reaccionar.
Gobernó cuando Europa enfrentó algunas de sus mayores crisis recientes: la crisis financiera, la crisis del euro, la migración, el Brexit y, al final de su mandato, la pandemia. La propia historia oficial de la Cancillería alemana destaca, entre otros aspectos, la respuesta de su gobierno a la crisis financiera de 2008 y los programas económicos adoptados entonces.
Pero no fue una mujer sin controversias ni un gobierno sin errores. Sería injusto convertir dieciséis años de historia en una estampa perfecta. Su política migratoria, su relación con la austeridad europea, la digitalización alemana, la infraestructura y determinadas decisiones energéticas fueron objeto de críticas y siguen siendo materia de debate.
Y precisamente por eso me interesa. Porque admirar a una mujer no significa convertirla en estatua. Significa reconocer lo que hizo.
Merkel demostró que una mujer podía permanecer dieciséis años en el centro de la política europea sin necesitar construir su autoridad alrededor del espectáculo.
En un tiempo político acostumbrado a los grandes gestos, a la confrontación permanente y a la personalización del poder, ella hizo de la sobriedad una forma de autoridad.
Su despedida también fue reveladora. Al dejar el gobierno, pidió a los ciudadanos mirar el mundo desde la perspectiva del otro, incluso cuando esa perspectiva resultara incómoda, y buscar el equilibrio entre intereses diferentes. Qué difícil es eso. Y qué necesario.
Angela Merkel no fue solamente una mujer que llegó a gobernar Alemania.
Fue una mujer que mostró al mundo que el liderazgo femenino no tiene que imitar los modelos tradicionales del poder para ser firme. No necesitó parecer un hombre. No necesitó endurecerse para demostrar autoridad. No necesitó convertir su feminidad en espectáculo. Fue, sencillamente, Angela Merkel.
Una mujer que pensó. Que estudió. Que esperó cuando era necesario esperar. Que decidió cuando era necesario decidir. Que negoció cuando negociar era posible. Y que entendió algo que quizá la política de nuestro tiempo ha olvidado demasiado:
“Gobernar no es dominar. Gobernar es hacerse responsable de los demás.”
Por eso, cuando pienso en ella, no pienso solamente en Alemania. Pienso en las mujeres del mundo. En todas aquellas que todavía tienen que demostrar dos veces lo que un hombre puede demostrar una sola. En las que llegan a una mesa donde durante siglos no fueron invitadas. En las que saben que el verdadero poder no consiste en ocupar una silla, sino en qué se hace desde ella.
Angela Merkel dejó la Cancillería. Pero dejó también una pregunta que vale la pena conservar: ¿Puede una mujer ejercer el poder sin perder la serenidad, la inteligencia, la prudencia y la dignidad que la hicieron llegar hasta él?
La respuesta de Merkel, durante dieciséis años, está en la historia. Y quizá ése sea uno de sus mayores legados. No haber demostrado que una mujer podía gobernar como los hombres. Sino haber demostrado que una mujer podía gobernar siendo ella misma. Por eso cuando se fue, parados todos en la cansillería, le aplaudieron 16 minutos ininterrupidos. Se los ganó a pulso.
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