Anécdotas y recuerdos del ferrocarril de pasajeros Manzanillo a Guadalajara

Estación del ferrocarril en Manzanillo en los últimos años del servicio de pasaje.

Era el medio de transporte preferido para las familias de escasos recursos, pues por aquel tiempo el precio rondaba los veinte pesos

Cuántos recuerdos ha dejado el tren que iba de Manzanillo a Guadalajara, que se hiciera con capital norteamericano e inaugurara en 1908 Don Porfirio Díaz, viajando hasta nuestro puerto en el tren olivo presidencial.

En 1977 lo conocí por primera vez, al viajar en él al lado de mi papá y mi mamá. Era un mar de gente. No había categorías de primera y segunda. Alguien dijo despectivamente que había una sola clase, y era la cuarta. Sin embargo, era toda una aventura.

La gente se arremolinaba en el andén despidiendo a sus familiares y ayudándoles a subir las maletas. Era el medio de transporte preferido para las familias de escasos recursos, pues por aquel tiempo el precio rondaba los veinte pesos.

Era una maravilla ver los largos túneles cavados en la roca, que se practicaron para evitar dar largos rodeos. Se dice que era la corrida en el país que presentaba más túneles, lo cual fue señalado como chiste en una película de Manolín y Shilinsky, donde se menciona que, a la oscuridad de estos, era fácil robar besos a las damas.

Contrario a lo que uno podría pensar, el correr del tren sobre los raíles no era a base de brincos y sacudidas, por lo que algunos se ponían a leer un buen libro; pero la gran mayoría rápidamente hacía amistad con los pasajeros de enfrente, mientras comentaban sobre los paisajes y pueblos que iban apareciendo por las ventanas, siendo el primero de ellos Campos, donde, cuando era temporada, subían algunas personas a vender ciruelas.

Los sillones del tren facilitaban la conversación entre pasajeros, pues en cada una de las dos hileras de asientos, estos estaban dispuestos de manera encontrada; es decir, que las personas quedaban frente a frente.

Al llegar a Cuyutlán, muchos relataban cómo el maremoto de 1932 llegó hasta el pie de las vías. En Armería y Tecomán el número de pasajeros se incrementaba, yendo para esa hora ya muchos de pie. Tras Madrid y Caleras, la gente empezaba a sacar sus chamarras, sweaters, capingones y ponchos, pues de Colima para adelante se empezaba a pasar por una zona más alta, y por lo tanto, con un clima más frío, en ocasiones casi congelante.

En cada pueblito de Jalisco subían personas vendiendo alimentos y bebidas. Casi todo mundo compraba jícamas en Zapotiltic, pero el alimento que a lo largo de cien años cobró más fama fueron Los Tacos de La Estación, que se vendían en Tuxpan, Jalisco, por parte de varias señoras que conocían la antigua receta, exclusiva de esa población.

Eran tacos de tortilla hecha a mano, guisados en manteca con chile y rellenos de carne, chicharrón y frijoles puercos tipo Colima. Era imperativo comprar esa delicia al llegar a Tuxpan. Doña Josefina, una de las vendedoras más reconocidas, ya estaba al lado de las vías esperando al tren desde media hora antes, con su canasta llena de tacos, cubierta por una franela.

Esos tacos jaliscienses se popularizaron tanto en Colima, gracias al tren, que desde Manzanillo a Colima se les conoció con un nuevo nombre: tacos tuxpeños. Allá en Tuxpan les siguen llamando Tacos de la Estación, y aunque ya no haya tren pasajero, se continúan vendiendo alrededor de la vieja estación. Acá en Colima se les agregó fruta en vinagre y lechuga.

Recuerdo que en aquel viaje a Guadalajara, al regreso, mis padres ya casi no traían dinero; pero a mí me habían gustado tanto los taquitos mentados, que lloré tan fuerte porque no me los podían comprar, que el matrimonio que se sentaba frente a nosotros me compró un plato, con tal de que no los molestara con mis berridos.

La estación del tren en Manzanillo animada por el arribo del convoy de hierro.

Algo que también me asombró mucho fue que una persona con un gran sombrero, subió en Ciudad Guzmán con un enorme guajolote abrazado, amarrado de las patas para que no huyera. Tardaron muchos años para que volviera a viajar en tren.

En 1985 volví a viajar en tren, ahora a la ciudad de Colima. El tren partía a las 6 de la mañana, por lo que me tocó presenciar el amanecer a bordo. ¡Qué chulada de espectáculo! El sol se levantaba lentamente, como dándonos los buenos días. Nos hacía sentir su calor como una caricia.

Ya cuando el astro rey estaba en su esplendor, se hacían presentes los túneles, que no desmerecen en belleza, aunque son estructuras creadas por el hombre, que nos dan una práctica enseñanza: Siempre hay una luz al final, por muy larga que sea la oscuridad.

Qué decir de los extensos puentes, verdaderas proezas de ingeniería, que cuesta creer que se construyeran a principios del siglo pasado. Finalmente  se llegaba alrededor de las 9 de la mañana a la capital del estado, arribando a la bella estación ferroviaria, ubicada a un costado del Parque Hidalgo.

Recuerdo que en 1987 acudí con un grupo de amigos a despedir a alguien de nuestro círculo de allegados, quien se iba a estudiar a Guadalajara. Iban con nosotros también algunos de sus familiares.

Le ayudábamos a llevar las numerosas maletas. Llevaba tantas cosas que parecía que nunca iba a regresar a su hogar paterno. Estuvimos platicando de los recuerdos comunes durante alrededor de media hora, cuando un trabajador del tren, quizá el garrotero o un cobrador, anunció que el pasajero debía subir al tren porque se iban. Todos acompañamos al viajero al interior de su vagón, ayudándole a acomodar las maletas. Cuando llegó el momento del adiós todos lloraban, tanto quien se iba, como sus familiares y amigos que se quedaban.

Así sucedía por aquellos años, en que no existían muchas opciones de estudio en nuestro estado todavía. Escenas similares se vivían en la vieja Central de Camiones de Manzanillo, ubicada en la colonia Libertad.

Un año después, fue inaugurado el tren especial a todo lujo llamado “El Colimense”, de hermoso color azul, en ruta Manzanillo a Guadalajara. Contaba con vagones en perfecto estado en todos sus detalles, y tenía servicio comedor a bordo.

Nunca viajé en él, pero si mi mamá y uno de mis hermanos, quienes hablaban maravillas de este tren que, sin embargo, duró poco tiempo funcionando.

Mi último viaje en ferrocarril lo hice al lado de mi amada esposa Eunice Flores, en el mismo año en que el corcel de hierro finalmente desapareció: 1998.

El costo del boleto era ahora de 48 pesos, muy barato, si consideramos que el pasaje en autobús valía 120 pesos. Es decir, que pagando nuestros dos pasajes, no gastábamos siquiera lo de un en un autobús.

Las aventuras comenzaron desde el momento mismo de la partida, pues el convoy estaba en el andén, pero la máquina no estaba ahí. Por alguna razón estaba en el patio de máquinas por el rumbo de la Alameda. Un poco retrasada llegó para engancharse, cuando ya todos los pasajeros estábamos en nuestros lugares; pero lo hizo con tanta fuerza y velocidad, que más que un enganche fue un choque. Todos saltamos por el trancazo y varios vidrios de las ventanillas se estrellaron con el impacto. Pero nadie nos lastimamos.

Ya para este tiempo, la salida del ferrocarril la habían cambiado a las 11 de la noche, y con ello muchas bellezas naturales dejaron de apreciarse. Los túneles ya no se veían desde antes de entrar, y los pasajeros sólo nos dábamos cuenta de que habíamos entrado a uno, porque el ruido de la locomotora se escuchaba muy extraño al entubarse.

Pero a cambio de esto, podíamos pasmarnos ante un cielo que jamás puede uno disfrutar en la ciudad. La noche nos ofrecía la incomparable hermosura de todo el mapa celeste. Miles de estrellas, planetas, pequeños meteoros, e incluso cometas y constelaciones, podían observarse por la ventanilla.

En el tramo entre Campos y Cuyutlán se vivió la segunda aventura de la jornada. De súbito, nos invadió una plaga de jejenes. El personal de Ferromex (ya para ese tiempo había acabado la época de Ferronales) tuvo la “brillante” idea de hacer una fogata con papeles al interior del tren, para ahuyentar a los molestos insectos, que prácticamente nos estaban devorando sin clemencia; pero el fuego se salió de control y por poco y nos incendiábamos.

Al llegar a cierto lugar del camino, un poco antes de Ciudad Guzmán, la máquina se desenganchó del convoy y se fue, no sé a dónde. Ahí nos dejó como por media hora. El lugar estaba tan silencioso y solitario, que al principio nos dio miedo. Todo en nuestro derredor estaba en la más completa oscuridad.

Pensábamos que quizá algún animal montés podría acercarse al tren, o que podíamos ser víctimas de algunos asaltantes. Pasado el temor inicial, azuzados por los niños que son siempre los más curiosos, empezamos a enfocar nuestros ojos al espectáculo que ofrecía el cielo.

Este fue un momento inolvidable y para nosotros muy romántico, pues nos abrazamos y sin decir una palabra, agradecimos a Dios por dejarnos ver la belleza de su creación. Cuando la máquina regresó por nosotros, nos pesó tener que dejar nuestro mirador al infinito.

Los trabajadores del tren eran muy simpáticos, en especial uno que se parecía mucho a Eulalio Gutiérrez en físico, forma de hablar y simpatía, por lo que muchos pasajeros le llamábamos por lo bajo: “Piporrito”. Este personaje fue al que se le ocurrió prender aquella fogata, que después tuvo que apagar a cachuchazos y bailando encima de ella.

Llegó el momento de que “El Piporrito”, un auténtico mil usos, tenía que cobrar los boletos. En esos momentos, una señora al ver venir al cobrador, rápidamente le encasquetó a mi esposa a sus dos hijos, tratando de no pagar sus pasajes. Nos los quisieron cobrar, pero nosotros aclaramos de inmediato que aquellos niños no venían con nosotros.

Por más que el cobrador gritó varias veces, preguntando por la mamá de aquellos pequeños, esta nunca dio la cara. Algunos queriéndola ayudar dijeron que parecía que la habían visto ir al baño.

Finalmente, aquel trabajador del tren se dio por vencido, y se marchó, y entonces, como por arte de magia, reapareció la madre de aquellos pequeños, que por cierto, eran tremendamente traviesos.

También vimos otro caso muy chusco, en que una señora, que al parecer no sabía leer los nombres de las estaciones, cada vez que el tren se paraba, preguntaba a los operadores: “¿Aquí es Zapotiltic?” El Piporrito enfadado de escuchar la misma pregunta por varias horas, le dijo a esta persona muy serio: “Sí, aquí es”, bajándola en un pueblo aún lejos de su destino.

Recuerdo que todo el camino unos jóvenes estudiantes, que se dirigían a Guadalajara de donde eran originarios, se la pasaron jugando, burlándose lo mismo de los locomotoristas y de los vendedores que subían en las diversas estaciones, así como de los mismos pasajeros.

Uno de ellos, inquieto como era, al parecer se había enfadado de la calma que reinaba a bordo, y decidió pararse de cabeza sobre el asiento, ayudado por su compañero, y luego enganchó sus pies a los compartimientos para maletas (que eran una especie de largas bandejas metálicas), para posteriormente quedar suspendido balanceándose boca abajo, como si fuera un murciélago.

Así estuvo un rato, intentando llamar la atención; pero cuando quiso bajarse, resulta que ya no pudo, porque los tenis se le habían enganchado a la rejilla del maletero, por lo que tuvieron que pedir auxilio a los locomotoristas, que lo dejaron sufrir un rato antes de bajarlo, quedando en ridículo.

Una de las cosas que más llamó mi atención, fue una enorme pared de roca vertical, como cortada a plomo, que se elevaba a gran altura, en las inmediaciones de Atenquique. Esta rareza pétrea sólo podía verse yendo en el tren. Su base se perdía en el fondo de un profundo barranco -lleno de verde vegetación-, de los que tanto abundan por esos lugares.

Pasajeros recién apeados del tren en la estación del cañón caminando hacia el jardín Galván.

Luego supe por mi primo Fernando Valadez de Guadalajara, alpinista y escalador profesional, que esa peña uno de los retos más difíciles que hay en el país para los trepadores. Venían de diferentes naciones a subir a esa pared de piedra. Mi primo “Faña”, se quedó con las ganas de escalarla.

La vieja carretera libre iba siempre serpenteando a escasa distancia del tendido de vías férreas. A veces se alejaba un poco y se le perdía de vista detrás de un cerro, pero luego reaparecía más allá, arriba en la montaña o abajo en el barranco.

A cada rato, reaparecía en nuestro vagón El Piporrito con alguna nueva encomienda. Ahora vendía café, paletas, bombones y diversas golosinas. Lo más chistoso era cuando salía vendiendo unas paletas de malvavisco, y las anunciaba gritando: “¡Paletas del malvado bizco! ¡Paletas del malvado bizco!”.

Ya en los alrededores de nuestra meta, la estación de Guadalajara, estando dentro de la ciudad, pasamos por en medio de un barrio que se notaba a leguas que era de esos bajos y bravos. Por doquier se veían en las paredes las pintas de los vándalos. Las casas eran muy humildes, y se veía basura y gente drogándose, incluso algunos niños.

Pues resulta que atravesando aquel lugar, unos pandilleros ocultos entre las construcciones aledañas a las vías, empezaron a lanzarle grandes piedras al ferrocarril. “El Piporrito” alertó a todos rápidamente que se agacharan, si no querían ser lastimados, e incluso el mismo se puso en cuclillas.

Nomás escuchábamos los golponazos de las piedras al pegar contra el metal de los costados del vagón. Otras se estrellaban contra los cristales de las ventanillas y algunas más penetraron al carro del tren. Afortunadamente, rápido dejamos atrás aquel sitio.

Ya para ese entonces llevábamos once horas viajando. Para nosotros, que nos gusta la aventura, no se nos hizo en ningún momento pesado. Nos habíamos divertido mucho.

Eso sí, era un recorrido muy frio, por lo que todos los viajeros íbamos forrados de gruesas telas de pies a cabeza, como esquimales, y aun así, titiritábamos de frío. Llegábamos todos tiznados de ceniza.

Pero todo esto ya quedó sepultado en el baúl de los recuerdos, y parece que nunca más volverá a poder realizarse, al menos que haya una autoridad que quiera gestionar el regreso del tren pasajero.

Esta forma de viajar era sólo apta para aventureros, a lo Indiana Jones, o románticos empedernidos. Era para quienes preferíamos disfrutar de las bellezas naturales con toda la calma, y no para los amantes de la velocidad.

Ya han pasado varios años sin mi tren pasajero. Ahora soy víctima del estrés al que me someten los choferes de autobuses lujosos, que tienen cortinas que no me permiten disfrutar del paisaje, corriendo a toda velocidad, arriesgando en cada viaje mi vida.