De la estigma al derecho: hacia una ley de salud mental y adicciones.


El pasado lunes 21 de septiembre del presente año, las y los diputados integrantes de las LXI Legislatura del Congreso del Estado de Colima aprobaron por unanimidad la expedición de la Ley de Salud Mental y Adicciones para el Estado de Colima; legislación compuesta por 7 títulos y 176 artículos que presenta un modelo integral y universal de atención a la salud mental en la entidad, donde se visualiza la misma como un derecho humano que deberá regular el acceso equitativo, digno y gratuito a los servicios de salud mental y adicciones.

Hablamos de una ley con enfoque comunitario, interdisciplinario, intercultural, de género, de infancia y discapacidad, que amplía las obligaciones estatales en prevención y atención del suicidio, atención psicológica y psiquiatrica, atención a poblaciones y regulación de los establecimientos especializados.

¿Por qué es esto importante?

De acuerdo con el psicólogo estadounidense de origen ruso Urie Bronfenbrenner, el desarrollo humano —y con él, la salud mental— nunca ocurre de forma aislada. En su modelo ecológico (1979), propone que la persona está inmersa en una serie de sistemas anidados que interactúan entre sí: desde el vínculo más cercano y cotidiano, hasta las estructuras políticas y culturales en las que nos encontramos inmersos.

Bronfenbrenner distingue cinco sistemas, los cuales son los siguientes: a) el microsistema —la familia, la escuela, el vínculo terapéutico directo—; 2) el mesosistema —las conexiones entre esos entornos —; 3) el exosistema —aquellas estructuras que no vivimos de cerca, pero que nos afectan igual, como el sistema de salud pública o aspectos presupuestales—; 4) el macrosistema —los valores y creencias culturales sobre lo que socialmente se considera salud y enfermedad, y años más tarde, el autor incorpora un quinto nivel, el cronosistema, para dar cuenta de cómo el momento histórico en el que ocurren los cambios transforma también a los demás sistemas: no es casualidad que una ley con enfoque de género, infancia y discapacidad llegue precisamente en este momento, y no hace veinte años, cuando estos temas apenas empezaban a nombrarse.

Bajo esta lógica, esta ley reorganiza las capas exteriores para que el microsistema —la persona, su familia, su entorno más cercano— tenga mejores condiciones para su bienestar. Y cuando se declara que la salud mental es un derecho humano —y no una debilidad personal ni un lujo—, la ley está intentando reestructurar el macrosistema, esa capa cultural que durante décadas normalizó el silencio y el estigma.

Pero hay un nivel que ninguna ley alcanza a legislar del todo: el microsistema. Ese círculo más íntimo —la familia que decide preguntar “¿cómo estás?” y sostener la respuesta aunque incomode, la escuela que elige no mirar hacia otro lado ante una niña o niño que se aísla, el amigo que acompaña sin burla. Ahí radica quizás la advertencia más importante de este modelo ecológico: los sistemas no funcionan de forma aislada, y tampoco se sustituyen entre sí. El Estado puede construir un sistema —presupuesto, personal capacitado, establecimientos dignos—, pero ese sistema sólo cobra sentido si alguien, en el nivel más cercano, está dispuesto a habitarla con el otro. De poco sirve una ley impecable en el papel si seguimos delegando en desconocidos —instituciones, protocolos— lo que empieza en casa.

Si tienes alguna duda o comentario, con gusto te leo en: ecovarrubiashernandez2001@gmail.com

*Licenciada en Psicología por la Universidad de Colima y Premio Peña Colorada 2025.