La España que conocí (Cuarta Parte)

"De aquella vista buena y excelente salen espíritus vivos y encendidos…” decía Don Garcilaso, el de Toledo.

Llegué a Toledo y me deslumbró la belleza de su estación ferroviaria, de estilo neomudéjar. Ahí me encontré con un nutrido grupo de mexicanas y mexicanos que amablemente me invitaron a unirme a su bulliciosa agrupación. Les agradecí mucho, pero decidí seguir el recorrido por mi cuenta, para ir a mi ritmo y detenerme las veces que me parecieran necesarias.

Me dirigí al Alcázar, imponente construcción que fue palacio romano, residencia de reyes en la Baja Edad Media y en la Edad Moderna. Durante la Guerra Civil, el edificio fue asediado por los golpistas; los milicianos resistieron durante setenta días y finalmente lo tomaron los sublevados. En la actualidad es la sede del Museo del Ejército.

Caminé por sus bellas calles, pude apreciar las tiendas de cuchillos y espadas de acero, armas muy reconocidas por su extraordinaria calidad, que eran buscadas por muchos ejércitos europeos por su durabilidad y ligereza en combates. También abundan los negocios donde venden los famosos mazapanes, elaborados con almendras y azúcar.

Ingresé a su catedral de Santa María, de estilo gótico, terminada de construir en el año 1493. En su interior se encuentran pinturas de El Greco, Tiziano, Caravaggio, Goya, entre otros. Tiene una arquitectura luminosa que guarda siglos de historia en cada uno de sus bellos espacios.

Entré a un pequeño restaurante donde disfruté de una deliciosa paella valenciana y probé la famosa carcamusa, plato típico de Toledo. Se trata de una carne de vacuno guisada con tomate, un poquito picante. Cuentan que el nombre surgió en un bar de la ciudad frecuentado por hombres de edad avanzada (carcas) y mujeres jóvenes (musas). Delicioso el guisado. Lo acompañé con un buen tinto de la casa.

Caminé por sus hermosas calles para llegar a la parroquia de Santo Tomé, una pequeña iglesia en donde se encuentra la famosa pintura El entierro del señor de Orgaz, de El Greco, pintada entre los años 1586 y 1588. En dicho cuadro se representa el milagro en el que San Agustín y San Esteban bajaron del cielo para enterrar a Gonzalo Ruiz de Toledo, señor de la villa de Orgaz.

Una vez que contemplé esa pintura, salí corriendo para alcanzar abierta la sinagoga Santa María la Blanca, construida en el año 1180. Funcionó como tal más de 200 años. Actualmente pertenece a la Iglesia católica y es utilizada como museo y centro cultural. Disfruté su bella arquitectura morisca.

Tuve oportunidad de estar en el mirador del Valle, situado en una ladera, al otro lado del río Tajo. Desde ahí observé las murallas, las torres, la catedral y el Alcázar. Una vista buena y excelente que encendió mi espíritu y que estará guardada en mi memoria. Solamente me faltó visitar las mezquitas ubicadas en distintos puntos de Toledo, conocida como la ciudad de las tres culturas: cristiana, judía y musulmana.

A TUS ATARDECERES ROJOS SE ACOSTUMBRARON MIS OJOS.

Llegué por la tarde a la estación de Sants en Barcelona, tomé un taxi dirigiéndome a mi hotel, que estaba ubicado en esa misma zona de la ciudad. Me instalé y luego me dispuse a recorrer sus calles y avenidas. Pronto me percaté de lo sucia, maloliente y llena de basura que estaba esta parte de la bella metrópoli.

Tomé el metro y me fui a recorrer la Rambla, que se encontraba bastante concurrida. Una vibración especial se percibía en sus espacios. Ahí se ubican muchos restaurantes, cafeterías y comercios. El término rambla se deriva del árabe ramla, que se refiere a un arenal.

Visité el mercado de La Boquería, en ese momento lleno de bulliciosas personas que alegremente se desplazaban en su interior. Se dice que es el mercado más grande de Cataluña, con una gran oferta alimentaria.

Luego caminé por los callejones del hermoso y encantador Barrio Gótico, pasando por el famoso Puente del Obispo, paso peatonal de estilo neogótico, construido para realzar la identidad histórica de la zona. Bajo el arco del puente se encuentra una calavera de piedra atravesada por una daga. Dice la leyenda que, si retiras la daga, los edificios históricos de la ciudad colapsarán.

Llegué a la Catedral Basílica Metropolitana de la Santa Cruz y Santa Eulalia, de estilo gótico, construida entre los siglos XIII y XV sobre la antigua catedral románica. Es de una belleza extraordinaria.

Cené en un restaurante que se encuentra frente a la catedral. Un lugar muy agradable en el que me pedí un delicioso queso fundido con jamón ibérico, acompañado de una cerveza San Miguel bien fría. Justo lo que necesitaba para retornar a mi hotel y recobrar energías para continuar recorriendo la ciudad al otro día.

A la mañana siguiente me desayuné un buen pan tumaca, cafecito y jugo de naranja para empezar bien el día. Tomé el metro y me dirigí al parque Güell, ubicado en la ladera del Turó del Carmel. La estación en la que me bajé se encuentra bastante lejos del lugar, así que caminé un buen tramo para llegar.

La primera parte del recorrido estuvo fácil, había escaleras eléctricas para subir el cerro, pero poco me duró el gusto; lo que siguió fueron escaleras normales y calles inclinadas. Pude ver, al igual que en Madrid, varias banderas de Palestina colgadas en las viviendas y grafitis en apoyo a ese país.