El balero y la memoria


¡Ah, qué torpe soy! Sucede el día de hoy, sentado a un lado de mi hijo, de 57 años, médico con especialidad en ginecología. Le pedí me enseñará el manejo de una vieja computadora que hace 10 años me regaló y, como con su lento sistema, recordaría su modo de activarla. También unos viejos discos que contenían fotos, libros, entrevistas y demás del camino de mis 42 libros.

Pero el diablo quiso meter la cola y desesperarlo, siendo visible su molestia. Le expliqué, con mis 80 años, que perdí la agilidad de comprensión de la tecnología y observé su desacato a la paciencia y, como las palabras que yo le argumentaba no eran convincentes, me separé caminando con la lentitud propia de un anciano que en realidad lo era.

Después de unos minutos de haber buscado en mi baúl de recuerdos, encontré el juguete que le haría entender. Sin esbozar palabras, me acerqué con lentitud y le mostré un balero de madera de hace 50 años que fue de él en su tiempo y, sin más, empecé a querer jugar más; el primer movimiento fue a parar a mi cabeza, después, a mi boca.

Me miró y comprendía que en su época yo le enseñé. Y recordó cómo le indicaba, con suma paciencia: “No tan fuerte, Paco. No tan alto, Paquín”. Suave y con tiempo suficiente aprendió con mi paciencia, logrando hacer una delicia de su juego.

No dije nada y se prendió de mí abrazándome, comprendiendo que no tengo culpa, que por mi edad perdí la agilidad de saber de esa tecnología. Después fui a mi recámara a escribir esto y me siguió, diciéndome: “No eres tú el que no comprendía, era yo que no entendía mi torpeza de recordar quién eres”.

Buena noche.