Literatura colimense: Rogelio Guedea, inquietud y vocación


Los castigos por su carácter inquieto dieron a Rogelio Guedea un destino con más de 70 libros publicados y reconocimiento internacional

Carlos Valdez Alcázar

Rogelio Guedea Noriega nació el primero de abril de 1974 en Colima, en el barrio de Los Viveros, al sur de la ciudad. Desciende de dos familias con hondo arraigo en la entidad: los Guedea, que aún se reparten entre las colonias Perpetuo Socorro y Parque Hidalgo, y los Noriega, asentados por la calle Nicolás Bravo. Su abuelo Bulmaro fue secretario y tesorero general del estado, además de tesorero municipal en dos ocasiones; su tío Arturo Noriega llegó a ser gobernador de Colima. Sin embargo, el escritor nos cuenta que su vocación literaria no nació de ese linaje de servidores públicos, sino de un accidente doméstico que, visto en retrospectiva, parece obra del destino.

“En la casa no había libros. Mi mamá, aunque era maestra de primaria, estaba absorbida por los quehaceres; mi papá, que era comerciante y agente viajero, tampoco leía”, cuenta. Todo cambió cuando su abuelo Bulmaro murió y, sin razón aparente, envió un librero completo a la casa de su hija —la madre del escritor— en lugar de dejarlo con su hijo mayor, Jorge, que sí tenía el hábito de la lectura. “Hay cosas que están mucho más allá de nosotros”, reflexiona Guedea.

Lo curioso, dice, no fue solo que el librero llegara a la casa equivocada, sino el lugar donde su madre decidió instalarlo: no fue en la sala, tampoco en el cuarto de televisión, sino en el cuarto de tiliches, al fondo del jardín, entre ventiladores descompuestos y una silla rota. Ahí, precisamente, era donde enviaban al pequeño Rogelio cuando lo castigaban por inquieto.

LECTURA POR CASTIGO, MEMORIA POR ÓSMOSIS

“Para mí el libro significaba algo que no servía. Si el ventilador estaba descompuesto y la silla rota, y ahí había libros, pues la imagen que tenía de niño era que esos libros tampoco servían para nada. Ni siquiera iba a decir que los leía, porque me parecía vergonzoso”, recuerda. Y, sin embargo, sentado en el suelo frente a aquel librero durante las horas de castigo, comenzó a hojear la enciclopedia El Tesoro de la Juventud —presente en buena parte de los hogares mexicanos de la época— y otros volúmenes que había ahí. “Casi como una cuestión de ósmosis, empecé a aprenderme poemas de Rubén Darío, de Pablo Neruda”, dice.

Poco tiempo después, su aprendizaje silencioso tendría una salida inesperada en primero de secundaria, en la escuela Corona Morfín. Guedea se había escapado del salón de clases —otra vez castigado— y bajó hacia las canchas, donde por casualidad se topó con un concurso de declamación organizado por la propia directora del plantel, a quien intentaba evitar. “Me preguntó qué andaba haciendo ahí si me habían dejado castigado en el salón. Le dije: vine al concurso. Era mentira, en realidad iba a fugarme por la puerta de atrás, pero como ya me sabía poemas de memoria, pensé que ahí me salvaba.”

La prefecta lo anotó en la lista de participantes. Ese día declamó un fragmento del poema “Qué lástima”, del poeta español exiliado en México León Felipe, en el que se narra el paso de una niña muerta dentro de una cajita blanca frente a la ventana donde está sentado el poeta. “Es un pasaje muy estremecedor. Cuando lo voy declamando y me voy imaginando esa escena, empiezo a llorar, indefectiblemente; no lo puedo evitar”, relata. Su llanto genuino, al parecer conmovió al jurado y le valió ganar los concursos matutino y vespertino, y después el municipal y el estatal. El esquema de su destino había sido dibujado: repitió el triunfo los tres años de secundaria, el último ya en la escuela Fray Pedro, tras ser expulsado de la Corona por su carácter inquieto. “Ahí empieza a formarse en mí esta vocación tan poderosa por la literatura y la escritura”, dice.

DE LA HOJA LITERARIA A LOS TALLERES DE COLIMA

Con la vocación despierta, Guedea devoró el Declamador sin Maestro, Canek de Ermilo Abreu Gómez, Pedro Páramo y buena parte de los clásicos que hallaba en aquel librero heredado. Al llegar a la preparatoria empezó no solo a leer, sino a escribir. Gracias a un amigo cuya madre trabajaba en el periódico El Mundo desde Colima, consiguió publicar con un grupo de compañeros una hoja literaria: unos hacían caricaturas, otros escribían narraciones breves y él aportaba los poemas. “Ver impreso tu poema genera una satisfacción enorme”, recuerda.

Fue también la época en que se acercó a los talleres literarios que entonces existían en Colima —el de Efrén Rodríguez, el de la poeta Verónica Zamora y el de Gloria Vergara, quien todavía da clases en la Universidad de Colima—. La experiencia, sin embargo, le dejó una lección incómoda: muchos de los participantes, dice, disfrutaban más “la farándula, la bohemia literaria” que la lectura y la escritura con verdadero rigor. “Sentía que se quedaban en la pose de ser escritor”, afirma. Esa desilusión resultó decisiva: en lugar de acomodarse al ambiente local, decidió ir a contracorriente, leer de manera “prácticamente desorbitada”, como hacían los autores del boom latinoamericano —Vargas Llosa, García Márquez— y, sobre todo, escribir con disciplina en lugar de limitarse a anunciar proyectos que nunca se concretaban. “Eso me aterrorizaba: convertirme en alguien que se pasa meses hablando de la novela que va a escribir y nunca la escribe.”

EL RIESGO DE NADAR SOLO

Alejarse de los grupos locales implicó un riesgo real. “Somos seres sociales; muchas veces esa relación con otros ayuda a que las cosas se vayan dando. Yo corría el riesgo de aislarme y quedar como un proyecto malogrado de escritor”, admite. Pero el salto le funcionó: después de sus dos primeros libros logró publicar con editoriales de circulación nacional, fuera del circuito local, lo que —dice— lo liberó de un obstáculo enorme: intentar entrar en el reducido y a veces cerrado mundo editorial de la Secretaría de Cultura de Colima. Recuerda el caso de un colega, el también escritor Viviano Moreno —ya fallecido—, que vivió amargado porque nunca logró publicar el libro que deseaba en esa instancia. “En lugar de decir ‘el mundo es ancho y ajeno, voy a intentarlo en otro lado’, puso ahí todas sus cartas”, lamenta Guedea. Publicar fuera de Colima, sostiene, le dio una perspectiva mucho más amplia, aunque su literatura —aclara— siempre se ha alimentado tanto de la Colima urbana como de la rural.

Esa raíz rural está en el centro de su primera novela, una historia policiaca inspirada en su paso por el Ministerio Público, que ganó un premio importante en España y se publicó en Penguin Random House, uno de los sellos editoriales más importantes a nivel internacional. “Eso me puso en una plataforma distinta y, de alguna forma, me vacunó contra convertirme en el escritor que hablaba de escribir sin escribir, que tantos conocí aquí en Colima”, señala.

SETENTA LIBROS Y UNA NOVELA QUE MARCÓ SU VIDA

De entre su extensa producción —más de 70 títulos entre poesía, microrrelato, cuento, novela, literatura infantil, ensayo político, filosófico y literario, y traducción—, Guedea señala una obra como la más determinante: Conducir un tráiler. “Esta novela fue muy importante porque me ayudó a no convertirme en un lector sin lecturas y en un escritor sin libros”, explica. Al año siguiente de su publicación ganó un premio relevante en Gijón, España, a la Mejor Primera Novela, y recientemente fue relanzada por el Fondo de Cultura Económica e incorporada a más de 20 mil salas de lectura en todo el país. “El resto de mi obra también es importante, pero esa novela es significativa porque me convirtió en un escritor profesional, que no se quedó atrapado en la trampa de aparentar ser más la figura del escritor que el escritor de verdad.”

UN DON QUE, SEGÚN ÉL, VINO DEL CIELO

Al hablar de lo que lo mueve, Guedea entra en un terreno más íntimo. “Me he dado cuenta de que el propósito que Dios quiere que cumpla en esta vida es precisamente ese talento que me dio, el don de la palabra, para tocar y cambiar vidas, aunque sea de forma pequeña, aunque sea tangencial”, dice. Profesor de la Universidad de Colima, sostiene que cada artículo de opinión que escribe busca contribuir al bienestar de su comunidad: cuestionar al poder en turno, señalar iniciativas ciudadanas relevantes, subrayar el papel de la universidad en la sociedad. “Mi madre no leía, mi padre no leía. A diferencia de Estados Unidos y otros países de primer mundo, aquí no hay bibliotecas en cada barrio ni buenas bibliotecas en las escuelas. Sin maestros que fueran un ejemplo a seguir, en un entorno hostil, ¿cómo puede surgir una vocación tan potente? Y sin embargo surgió, prácticamente de la nada.”

Ese librero, insiste, terminó por convertirse en algo mucho más grande que un mueble familiar: “Se transformó verdaderamente en una trinchera, en un contrafuerte, en un poder de resistencia frente a un entorno hostil. Ahí está la clave de esta pasión que ahora es la escritura y la lectura. Todo en mi vida gira en torno a eso: si hago un viaje, ya estoy pensando cómo convertirlo en palabras; si salgo a la calle y veo mangos en un árbol, no pienso en cómo hacer dinero con ellos, sino en cómo construir una historia para describir esa tarde, ese jardín, esta conversación que tenemos.”

SOBRE LOS BESTSELLERS: “NADIE CONOCE LA RECETA”

Preguntado si alguna vez ha soñado con escribir un bestseller, Guedea admite que todo autor desea llegar al mayor número posible de lectores —algo que, dice, ya está viviendo con Conducir un tráiler, impresa en miles de ejemplares que llegan a salas de lectura en rincones del país “casi inaccesibles”. Pero es categórico respecto a la fórmula del éxito editorial: no existe. “Los bestsellers son casos genuinos: nadie sabe cómo surgen. Las editoriales simplemente publican lo que creen que puede tener un impacto importante en los lectores, y esperan.” Pone como ejemplo El código Da Vinci, que permaneció casi en el olvido durante un par de años antes de convertirse, de forma fortuita, en un fenómeno global. “Nadie sabe qué es lo que convierte una historia en un éxito de lectores.”

Con la naturalidad con la que describe aquel cuarto de tiliches donde todo comenzó, Rogelio Guedea cierra la conversación convencido de que su oficio —la palabra, la lectura, la escritura— no fue una elección racional, sino algo que, contra todos los pronósticos de un entorno sin libros ni bibliotecas, terminó por imponerse como destino.