Los motivos ocultos de la Guerra de Independencia

El 2 de mayo de 1808, los madrileños se levantaron en armas en contra de los soldados franceses jefaturados por el general Joachim Murat. | Foto: Especial


FALTABA UNA EXPLICACIÓN CREÍBLE

(Primera de dos partes)

En el capítulo anterior cité varios textos personales del señor cura Hidalgo en los que, en diferentes circunstancias y con coincidentes expresiones, mencionó “la facilidad con que” en primer término los empezaron a seguir los habitantes de los pueblos de El Bajío y, en segundo, los de las intendencias de Guanajuato, Guadalajara, Michoacán y San Luis.

En otro capítulo precedente mencioné asimismo el papel que en dichas tareas desempeñaron los comisionados que Allende e Hidalgo enviaron a varias partes “a conseguir prosélitos”. Pero aún así resulta muy difícil de creer que, siendo tan breve el tiempo en que los insurgentes salieron de San Miguel y llegaron a Guadalajara, y no habiendo entonces ningún medio masivo de comunicación, la suma de los que se les unieron rondara en diciembre cerca de cien mil personas.

La invitación, por otra parte, no era ni para ir a una fiesta, ni para participar en un desfile, sino para levantarse en armas y dejar familia, trabajo, querencias y exponer la vida y, por último, tenían que trasladarse en bestia, en carretas o a pie. Así que durante varios años me quedé perplejo ante esa realidad, dándole de vez en cuando vueltas a esa pregunta.

Colateralmente (o de manera indirecta) poco a poco me di cuenta también de que, aun cuando no lo hayan expresado tan explícitamente como lo estoy haciendo, hubo otros investigadores que desde muchísimos años antes se quedaron también desconcertados por la rapidez con que se expandió la rebelión, y buscaron sus propias respuestas, esbozando cuando menos dos causas de carácter, diríamos, nacional, y dos de carácter internacional, que muy bien podrían identificarse con los antecedentes mismos de la guerra:

Y cuando hablo de las causas de origen nacional me refiero a que, si se dio una respuesta tan rápida y espontánea ante el llamamiento de Hidalgo, la mayor parte de los historiadores afirman que todo eso se debió a que, según ellos, existía una muy arraigada y extendida inconformidad entre los habitantes de todos los pueblos y ciudades de la Nueva España en contra de los reyes y de los virreyes y, en segundo, al hecho de que en la propia España hubo una rebelión popular en contra de Napoleón Bonaparte, quien no sólo mandó invadir la Península, sino que humilló a los reyes Carlos IV y Fernando VII.

Y en cuanto corresponde a las causas de carácter internacional, mucho se ha dicho que los insurgentes estuvieron muy influidos por los ideales de los promotores de la Guerra de Independencia de las Trece Colonias (hoy los Estados Unidos) en 1774, y los de los realizadores de la Revolución Francesa en 1789.

Pero si atendemos al dato de que en 1810 la mayoría de los pobladores de la Nueva España eran analfabetos, y que sus pueblos estaban bastante incomunicados, ¿es de creer que todos ellos pudieran saber algo de lo que ocurrió en Filadelfia o en París durante los mencionados años? Y, aparte, ¿estaba tan realmente arraigada y extendida esa animadversión en contra de los reyes de España? Y ¿estaban tan enterados los novohispanos de los pormenores de la invasión napoleónica en los dominios de Carlos IV y Fernando VII?

Mi percepción era negativa en esa línea de ideas, pero ¿cómo explicar entonces la aparente rapidez con que muchos de los habitantes novohispanos se levantaron en armas y se fueran detrás de Hidalgo y los demás líderes insurgentes?

Faltaba una explicación creíble. Pero ¿cuál era ésa? O ¿dónde se podría encontrar?

ESPAÑA Y SUS POSESIONES

Como quiera que todo ello haya sido, era indudable que el activismo de Napoleón en Europa, y la posterior invasión que promovió de España habían tenido rebotes no sólo en lo que hoy es México, sino en todas las posesiones que el imperio español tenía en el Continente Americano. Pero ¿cómo expresarlo de manera sencilla y resumida?:

Para empezar, debe recordarse que España había construido durante casi tres siglos cuatro gigantescos virreinatos: el de la Nueva España en Centro y Norteamérica; el de Nueva Granada, que ocupaba terrenos que hoy pertenecen a Colombia y Venezuela; el del Perú, que abarcaba también porciones de Bolivia y Ecuador; y el del Río de la Plata, que abarcaba grandes porciones de Chile, Uruguay, Argentina y Paraguay, y que de ellos es de donde había podido conseguir incontables riquezas que le eran envidiadas por otro países de Europa.

En tales circunstancias, y sobre todo hacia finales del siglo XVIII, es obligado entender que los reyes de España, (que para el resto funcionaban como emperadores), habían gobernado con fuertes criterios absolutistas imponiendo desde la Península agobiantes cargas fiscales a los criollos de todas esas partes, y enviando como gobernantes civiles, militares y religiosos a individuos que, ignorantes en su mayoría de las condiciones socio-económicas y geográficas de los lugares a que iban llegando, arribaban con sus nombramientos extendidos directamente por los monarcas en turno, menospreciando ostensiblemente la capacidad de los hijos de españoles nacidos en todas las Américas. (Continuará)